En el descanso de la escalera de nuestra casa hay un cuadro que representa una estación del metro de Madrid, en el momento en que los pasajeros salen del vagón. Es un óleo sobre tela de la autoría de Luis Filcer, pintor de enorme talento, convicciones arraigadas, valentía para la denuncia social, una obra comprometida y una conversación bien articulada. Un amigo querido.
Nació en Zhytómyr, Ucrania, el 24 de diciembre de 1927. El país formaba parte de la recién fundada Unión Soviética; la familia Filtzer fue víctima de una terrible persecución contra los judíos. Tuvieron que emigrar cuando el pequeño Liev tenía seis meses de edad. Aquí fue registrado como Luis Filcer.
El pintor contaba la larga travesía que hicieron sus padres hasta que llegaron a la Ciudad de México, cuyo Centro Histórico los recibió, hogar de inmigrantes procedentes de todo el mundo. Imagino a su joven madre, arrullando a este bebé que se volvería un ciudadano del país de acogida. Se establecieron en el barrio de La Lagunilla, donde el padre vendía telas cuyos colores, al inflarse en el aire sobre el puesto, dejaron un recuerdo imborrable en la mente del artista niño, que hablaba español y servía de intérprete a sus mayores.
De joven, se volvió un gran dibujante. A los dieciséis fue aceptado en la Academia de San Carlos para estudiar pintura por las mañanas. Trabajaba por la tarde. Su arte, desde el inicio, tuvo un marcado sentido testimonial a favor de los desprotegidos: fue a Guanajuato para pintar a los mineros y denunciar sus condiciones de trabajo. Sus personajes eran comerciantes del mercado y gente de la calle. Dedicó varios cuadros a la matanza de Tlatelolco. Pintó obispos y cardenales en imágenes de opulencia, con gente pobre sufriendo a sus pies.
En enero de 2010, participé en la gestión de su exposición sobre la Revolución Mexicana, en el Museo de Arte de Querétaro. Acompañar a los artistas en la selección de obra, visitar las salas vacías y ver cómo las paredes se llenan con un discurso museográfico, es una invaluable experiencia humana. Los que se ganan la vida en la gestión del arte y la cultura obtienen como recompensa la oportunidad de indagar en las razones detrás de cada pieza, en la técnica con que se realizó, en los colores de la paleta y en la fuerza de las pinceladas.
Filcer tuvo una vida de novela: a los 23, se estableció en París y de ahí viajó a muchas ciudades europeas, buscando temas que llevar a la tela. Vivió en Holanda más de veinte años. Regresó a México con un estilo inconfundible, una iconografía propia. Entre amigos, hablaba de sus pasiones y de la frustración que significa el mirar de frente a la realidad. Filcer murió el 26 de julio del 2018 en San Miguel de Allende. Lo último que vieron sus ojos fueron las calles de piedra de la hermosa ciudad donde nací.
























