En las principales cadenas informativas apareció una nota el viernes 7 de febrero de 2026: un boceto realizado por Miguel Ángel para la Capilla Sixtina fue vendido en una subasta de Christie’s en la ciudad de Nueva York.
El boceto, menor a una hoja tamaño carta, representa el pie de la Sibila Libia, con el talón ligeramente levantado del piso; el pintor añadió una sombra bajo el pie. Los expertos han localizado 50 bocetos como éste; hay dos en exhibición: uno en el Museo Ashmolean en Oxford, Inglaterra, y otro en el Met de Nueva York.
El precio final de la obra fue de $27.2 millones de dólares. Por eso se volvió noticia mundial.
El maestro del Renacimiento realizó sus bocetos en pastel sobre papel; este pie fue trazado en color rojo, entre los años 1508 y 1512. La figura de Libia, en la orilla del techo, tiene un tamaño enorme, y se presenta dando un giro a su cuerpo para acomodar un libro detrás suyo; el pie es idéntico al del boceto. Giada Damen, experta de Christie’s, declaró: “Mirando este dibujo, uno puede capturar el poder de la fuerza creativa de Miguel Ángel; casi podemos sentir la energía física con la cual trazó la forma del pie, presionando el gis rojo contra el papel con gran vigor”.
La vida me dio el regalo de gestionar exposiciones de artistas cuyo trabajo sobresale y marca una época, levantando la barra para sus colegas con la calidad de sus obras.
Querétaro tiene el privilegio de ser el hogar del pintor Santiago Carbonell, de origen ecuatoriano y catalán. Hace ya cuarenta años que lo vimos llegar, con pantalones de mezclilla y playera de algodón manchados con el óleo de sus pinceles. Lo conocí cuando ambos éramos jóvenes y formábamos parte del grupo, casi siempre las mismas personas, que frecuentaba museos y galerías. Fui profesora de Gabriela Miranda, su esposa, y tuvimos a nuestros hijos en las mismas escuelas.
En el 2001, gestioné una muestra de sus obras en el Museo de Arte de Querétaro. Fui testigo de la emoción que estremecía a los visitantes frente a sus figuras humanas. Más de alguno salió de la sala con los ojos húmedos, convencido de que había vivido un momento único en su vida, una experiencia que lo acercaba a la belleza, a la creación del Universo, a sí mismo como ser humano cuyos órganos, cabeza y extremidades habían sido forjados por Dios.
Los pies de sus figuras son obras de arte por sí mismos. Denotan la dedicación del pintor que ha observado con detenimiento el curso de las venas, la fuerza de los músculos, la forma de los dedos y los colores de la piel, para reproducirlos en la tela.
Con mi familia, hemos visitado las exposiciones de Carbonell en otras ciudades; estamos orgullosos de sus triunfos. Con el tiempo, el valor de su obra aumentará. Quizá nuestros descendientes, en el año 2500, adquieran una pieza suya en una subasta.