Muchachos altos, rubios y atléticos, cuyo magnetismo atrae las miradas cuando caminan por la calle o se sientan en la banca de un parque. Chicas de sonrisa luminosa, que traen dentro un rayo de sol. Así eran mis alumnos extranjeros, a quienes les enseñé los fundamentos de nuestro idioma. Compartí con ellos los versos de Neruda, Machado y Sabina, que les provocaban lágrimas. Aprendieron a hablar español, valorando y comprendiendo nuestra historia, costumbres y tradiciones.
Llevo en el corazón muchos años de enseñanza del español, algunos de ellos en universidades de Estados Unidos. Cuando el doctor Robert M. Jackson, mi hermano del alma, fue director del Departamento de Lenguas Romances de la Universidad de Oregón en Eugene, me invitó y allá fui a dar, a ese lugar sui generis.
La ciudad de Eugene lleva el nombre de su fundador: Eugene Franklin Skinner, quien construyó una cabaña de troncos en 1846 entre los tupidos bosques, y al repartir sus tierras comenzó una comunidad, cerca de dos ríos: Willamette y McKenzie. Hoy, Eugene tiene 178 mil habitantes. La universidad tiene más de 20 mil estudiantes.
En los primeros años, cuando daba clases en Querétaro a los estudiantes de UofO, gracias al programa creado por Robert M. Jackson, algunos de mis alumnos venían de comunas. Eran hijos de hippies, habían tenido varias figuras paternas y maternas, cuidaban y defendían el medio ambiente. Muchos vivieron sus primeros años en camionetas pintadas de colores y estacionadas en espacios designados. Adultos y jóvenes fumaban marihuana en lugares públicos. Creían en la paz.
Ahí, todas las familias tienen un huerto y cultivan sus propias verduras. Gran parte de sus comidas viene de su traspatio. Hay más de 300 parcelas en la ciudad, con seis huertos comunitarios.
Después de pasar algunos meses en Eugene, la filosofía de esta ciudad se vino conmigo, se integró en mi pensamiento y me ayudó a ver la vida desde otra perspectiva. En mi visión del ser humano, se integró el respeto y afecto por los hippies, seres que proclaman que todos los habitantes del planeta podemos compartir sus riquezas mientras cuidamos del agua, el aire y los animales, nuestros compañeros de vida por milenios.
A lo largo de décadas, seguí colaborando con mi amiga Gabriela Castañeda, fundadora del Centro Intercultural de Querétaro, quien me invitó a dar clases de traducción literaria. Esta mujer preciosa y emprendedora ha hecho uso de su inteligencia para abrir las puertas de las casas queretanas a estudiantes de muchas instituciones extranjeras que vienen y se enamoran de nuestro acueducto y viven con familias con las que crean relaciones entrañables. Desde aquí doy un aplauso a Gabriela, con mi cariño más hondo.