Era alto, de cuerpo robusto y una mirada acostumbrada a la belleza, el equilibrio de las formas, la profundidad del paisaje, la inundación de la luz y el detalle insignificante que su pincel transformaba en hilos de colores. Tamayo, un nombre que resuena en los museos más prestigiados del mundo. Tamayo en Querétaro, mayo de 1989.
En la revista Ventana de Querétaro, escribí: “Es un hombre verdaderamente privilegiado. Ha tenido una larga, intensa vida, que abarca el siglo entero. Empecinado en ser independiente, en mantenerse al margen de los movimientos pictóricos mexicanos, ha adquirido sin embargo fama mundial y un reconocimiento a su talento que pocos artistas logran en vida. Por ello es un auténtico reto hablar de él y tratar de descubrir, en una conversación, algún resquicio, algún rasgo no conocido de quien se ha dicho todo. Los críticos han hurgado en su pintura, analizado y sopesado técnicas, motivos, alegando simbolismos, esperando con ahínco encontrar nuevos significados a trazos y a colores”.
Tuvimos una larga entrevista en el Mesón de Santa Rosa, donde fue hospedado por el Gobierno del Estado, bajo la administración de Mariano Palacios, quien lo invitó a recorrer el Museo de Arte. Mi marido tomó las fotografías. Detrás de nosotros, a un lado, al otro, como un zumbido incesante, estaban la presencia y la voz de Olga, la mujer del artista, quien intervenía a cada minuto, descalificando las preguntas y orientando las respuestas.
Tamayo tocaba la guitarra con maestría y Olga era una pianista de conciertos con una futuro brillante. Rufino Arellanes Tamayo, nacido en la ciudad de Oaxaca en 1899, a la hora decisiva, se decantó por las artes plásticas. Estaba pintando un mural para la Escuela Nacional de Música, cuando conoció a Olga Flores Rivas, estudiante de niveles avanzados. Su matrimonio significó un cambio fundamental para ella, quien se alejó de la música y dejó a un lado lo que había sido su vida. En adelante, Olga Tamayo acompañó al maestro, manejó sus finanzas, acordó las exposiciones con los directivos de museos y galerías, coordinó sus entrevistas con los medios y dirigió su imagen pública.
La leyenda dice que Olga abrió cuentas en bancos extranjeros a través de testaferros, que contrataba a personas que pujaran en subastas de Christie's o Sotheby's para elevar los precios de las obras del pintor mexicano. Más tarde, ella recuperaría los cuadros para volverlos a insertar en el mercado del arte y apreciar su valor todavía más.
Las obras de Tamayo han participado en más de cinco mil subastas, con precios que superan los 4 millones de dólares. “El trovador” se vendió en 7.2 millones.
El hombre estaba lúcido, con salud envidiable a los noventa años que tenía cuando lo entrevisté. Sobre sus amores, me dijo que sus dos perritas llenaban sus días.
Después de seguir sus pasos durante décadas, estoy convencida de que su gran amor fue México. Aunque haya vivido en ciudades como Nueva York o París, aunque su obra fue reconocida primero en el extranjero que en su patria, Tamayo llevó los colores mexicanos a los más sofisticados espacios del planeta. En su testamento, dejó su legado para financiar centros culturales, en la Ciudad de México y en Oaxaca. Eso es amor a la tierra.