Gracias a las atinadas gestiones de José Pintado Rivera, quien fue presidente de la Federación Mundial de Amigos de Museos, se logró para México la sede oficial del IX Congreso Mundial de Amigos de Museos en octubre de 1996. La hermosa ciudad de Oaxaca abrió sus puertas para recibir a los promotores de recintos artísticos, provenientes de países lejanos y cercanos.
El encuentro tuvo enorme trascendencia: en este marco se logró analizar y firmar el Código de Ética del organismo, que ha luchado a lo largo de décadas para garantizar la salvaguarda de los valores resguardados por los museos, las casas de las musas.
En calles y plazas, museos y salones de antiguos conventos, americanos y europeos se reunieron con los asiáticos y africanos para gestionar futuras exposiciones itinerantes, préstamos de obras, apoyo a los artistas plásticos, construcción y reconstrucción de inmuebles, cuidado de piezas, elaboración de guiones museográficos, impresión de libros de arte y todo el soporte, tangible e intangible, que requieren los museos.
Macedonio Alcalá fue un violinista y pianista nacido en Oaxaca, que dejó un acervo muy cercano al alma mexicana. Autor del vals “Dios nunca muere”, supo tocar las fibras del corazón de sus contemporáneos y generaciones posteriores. En su honor está llamado el teatro donde hubo varios eventos del Congreso, presidido por Ernesto Zedillo. El congreso inició con un discurso profundo e inteligente de mi profesor de literatura, el escritor Carlos Fuentes, quien era miembro de Amigos del Museo del Virreinato en Tepotzotlán.
La música, el lenguaje que todos sentimos y llevamos en el alma, fue la estrella del congreso, gracias a una chica de cabello oscuro, piel clara y ojos que son destellos del cielo. Se llama Lila Downs, es hija de una mujer mixteca y un historiador nacido en Estados Unidos. Su mente es bicultural, su voz es políglota y su sensibilidad traspasa las fronteras. Lila se detuvo a la mitad del escenario y de sus labios surgió la Canción mixteca, cantada en su idioma materno, con la dulce entonación que imprime a palabras de valor universal.
En la Alameda Hidalgo de Santiago de Querétaro está el conjunto escultórico de Juan Velasco que representa al poeta José López Alavez mientras compone la canción mixteca en español, y a una indígena oaxaqueña que le da inspiración. Al escuchar la voz de Lila, en mi mente aparecieron las esculturas de Velasco. Por el teatro entero, entre butacas y palcos, volaron los ángeles del arte que arrancaron lágrimas y suspiros. Uno de los actos más emotivos de mi memoria, un momento que llevo guardado en esa caja fuerte donde se protegen los recuerdos entrañables, los que hacen que un ser humano agradezca el privilegio de estar entre colegas, con los cuales teje un tapiz de emociones que se puede colocar como telón de fondo para las escenas más valiosas de la vida.