Araceli Ardón

La mitad de mi sangre

Vine a Guatemala a buscar la infancia de mi padre. Tomé las palabras del maestro Rulfo para que su gran libro me guiara en este viaje a la semilla. En la larga vida de don Toño Ardón caben muchas vidas pequeñas. La primera transcurrió entre verdes valles, montañas sagradas, volcanes activos, ruinas prodigiosas y el color azul de un lago que alberga una ciudad maya en la profundidad de sus aguas.Vine a buscar mis orígenes, las raíces del tronco de la vida, la fuente que mana para formar un río que humedece la tierra para formar a los seres humanos, según el relato que dice que fuimos hechos de arcilla. O quizás de maíz, como escribe Asturias, quien recibió el Nobel, tan merecido.

“Anunció la hora un presentimiento de pájaros que volaron de los árboles cercanos, al asomar al patio la cuadrilla de los que, llegado el convite, iban a soltar los cohetes, relinchos de caballitos enloquecidos, al sonar las campanas de las vísperas”.

En el camino han entrado bosques enteros por mis ojos. Miles de árboles enormes de tallo y ramas, con multitud de hojas que representan siglos, que guardan historias vegetales como libros que han de ser leídos por los atentos biólogos que descubren sus secretos y hablan en silencio con sus habitantes. Este es el corazón del mundo maya, con una cosmología feroz y tierna a la vez, que palpita en los ojos de los lindos niños vestidos con ropas tejidas por sus abuelas. Hay aquí amor por cada madeja de estambre que se devana en el telar de cintura. Devoción trasmitida de una generación a otra con mimo, envuelta en palabras que hablan de Dios.

A Dios vine a encontrar. Su profundo Misterio dejó entrever un fragmento del cielo que recibió a mi tía para que su alma viva en la eternidad.

Te recomendamos