Los bostonianos dicen que Boston no va al mundo, porque el mundo va a Boston. Es verdad: las universidades de esa metrópoli atraen a científicos, artistas, intelectuales y líderes de opinión. Cualquier celebridad es opacada por una estrella más grande. En las aulas y laboratorios de MIT o Harvard hay ganadores del premio Nobel que visten como sus estudiantes y van a desayunar a la cafetería, haciendo fila en silencio con una charola en la mano, porque su mente no está pensando en el menú sino en el resultado de los experimentos que les quitan el sueño.
Eduardo y yo atravesábamos el campus de MIT en la primavera de 1984 cuando vimos el cartel que anunciaba la visita de Jacques Cousteau, invitado por su amigo Harold Edgerton, uno de los profesores legendarios del instituto, el que había logrado desarrollar el estroboscopio, una herramienta útil en muchos campos, además de perfeccionar el sonar y la fotografía submarina. Edgerton había sido amigo de George Eastman, uno de los pioneros de la fotografía, quien fundó la compañía Eastman Kodak.
Edgerton, un gigante de la ingeniería, tuvo tiempo en su larga vida (1903-1990) de acompañar a Cousteau en sus exploraciones y de navegar los mares, descubriendo la belleza debajo de las olas, para darla a conocer a millones de seguidores.
Esa tarde, Edgerton presentó a Cousteau, quien hablaba un inglés marcado por el fuerte acento francés, aunque suplía toda confusión con una coquetería tan natural que conquistaba al público, como lo hacía en sus documentales. Las series que Cousteau filmó atrajeron a generaciones de jóvenes, descubriendo para ellos las maravillas naturales que necesitan ser estudiadas y protegidas.
El Comandante, como le decían los miembros de su equipo —fue oficial naval—, publicó en 1953 su libro El mundo silencioso: una historia de descubrimientos bajo el mar. Más tarde, filmó la película, en la inteligente compañía de Louis Malle. Ganaron una Palma de Oro en el Festival de Cine de Cannes de 1956 y a partir de entonces las puertas del cine y la televisión se abrieron para el equipo dirigido por Cousteau.
El programa de televisión El mundo submarino de Cousteau, que se rodó desde el buque Calypso, fue trasmitido en la mayor parte de los países, con doblaje o subtítulos, con el fin de hacer conciencia de la necesidad de preservar los mares y su ecosistema. El oceanógrafo aprovechó el lugar de honor que sus investigaciones le otorgaron para llamar la atención de los gobiernos y ofrecer información confiable a los grupos ecologistas que necesitaban datos para realizar proyectos de conservación del equilibrio biológico.
En un momento, abrió la sesión de preguntas y una chica le preguntó sobre su próxima expedición. El francés usó todo su encanto para invitarla a unirse al equipo, lo que provocó risas en el auditorio.
Cousteau nos dejó con ganas de ir con él, atrapar al vuelo algo de su experiencia, subir a su barco y ver el cielo nocturno en su infinito esplendor desde la cubierta. Recuerdo esa conferencia y me estremece saber que estuve en el mismo espacio que los sabios que transformaron la historia del mar.

