En clase, Carlos Fuentes podía desarrollar un tema complejo —vamos a decir, la relación entre los caudillos y la historia de América Latina— sin recurrir a sus apuntes. Si acaso, echaba un vistazo a un par de fichas de cartón mientras llenaba la pizarra de nombres, fechas y símbolos. A mediados de la década de 1980, en la Universidad de Harvard, Carlos Fuentes se movía con soltura en un ambiente de premios Nobel, científicos y humanistas. Cada uno atravesaba el Harvard Yard para ir al laboratorio o biblioteca sin llamar la atención. Una de las clases del escritor atraía a cientos de alumnos y lectores de sus obras; por ello, tenía lugar en un teatro. La dictaba en inglés y duraba dos horas.
Los recuerdos que tengo son de un profesor accesible, de trato cordial. Cuando estaba con el grupo de seis estudiantes o invitado por algunos mexicanos que nos reuníamos con frecuencia, Fuentes nos contaba trozos de su vida.
Su padre, don Rafael, había sido miembro del Servicio Exterior de nuestro país y por ello el niño Carlos nació en Panamá y vivió la infancia entre Washington y Santiago de Chile. En la adolescencia, se mudó a la Ciudad de México, donde estudió la preparatoria y la carrera de Derecho. Recordaba que al llegar a las viejas aulas de la Casa de los Mascarones, de la UNAM, conoció a un muchacho de Colima. Un chico serio y estudioso, llamado Miguel de la Madrid.
Salto en el tiempo: en 1982, De la Madrid invitó a Fuentes y a su esposa Silvia Lemus a cenar en su casa con él y Paloma Cordero, solos los cuatro. El presidente electo sabía que su condiscípulo era diplomático desde la cuna, que había sido embajador de México en Francia, que hablaba varios idiomas y conocía el mundo. Además, eran amigos.
“Nadie mejor que tú para la Secretaría de Relaciones Exteriores”, le dijo, invitándolo a formar parte de su gabinete. “Déjame pensar”, contestó Fuentes.
Al día siguiente, el escritor se presentó en el despacho del político, que estaba preparando su toma de protesta. Fuentes llevaba una lista de nombres en el bolsillo.
“Son personas excepcionales, inteligentes, con excelente formación académica y experiencia. Cualquiera de ellos podría ser un excelente secretario de Exteriores, Miguel. Pero ninguno de ellos puede escribir las novelas que yo llevo en la cabeza”.
Esta fue la lección más vívida que recibí del maestro. La función pública puede ser fascinante; ofrece oportunidades de realizar los sueños y da poder a quienes lo requieren para cumplir con sus objetivos. La escritura, como todas las artes, es una pulsión diferente. García Lorca hablaba del Duende que se apropia de los creadores y les dicta las palabras a escribir, los sonidos de una composición o los colores de una paleta. “Todo lo que tiene sonidos negros tiene Duende”, decía el poeta. Fuentes tenía la mente llena de sonidos negros.