En agosto de 1989, el Museo de Arte de Querétaro era una joya recién pulida. Abrió sus puertas en septiembre de 1988 bajo la dirección de mi querida amiga Margarita Magdaleno. El antiguo convento, construido para albergar la Casa de Estudios Mayores de Arte y Filosofía de la Orden Agustina, se reinventaba como espacio cultural. Desde su inicio, Amigos del Museo fue un pilar de apoyo a sus actividades, gestionando fondos para adquirir equipo. Con la directora, visitamos talleres de artistas y recibimos a los expositores. Así fue como conocimos a La Doña.
La historia comienza en 1981. María Félix, en su exilio de París, comió en la residencia de unos amigos; ellos le mostraron la pintura que acababan de adquirir y habían colocado en su biblioteca: un retrato de ella, de perfil, donde se muestra en toda su altivez, luciendo un manto indígena.
El pintor era Antoine Tzapoff, un francés de origen ruso, nacido en 1945. Ella había nacido en 1914, aunque un velo de misterio envuelve su nacimiento, pues en algunos registros aparece el año 1910. La Doña buscó a Tzapoff, a quien encargó otro retrato. Por otra parte, pidió a Pedro Leites, ejecutivo de la empresa TANE, productora de objetos de plata, que le realizara un marco giratorio en ese metal.
María, la mujer cuyo magnetismo era innegable, se convirtió en la musa de Tzapoff, su última pareja sentimental, quien le dedicó muchos años de trabajo, en los cuales la pintó con la vestimenta ritual de pueblos originarios de México.
La señora Félix se resistía a dejar Europa; en 1984, la Cámara de la Industria de la Moda Italiana la reconoció como la mujer mejor vestida del mundo. Nuestro país también la reclamaba. En 1986, la Academia Mexicana de Ciencias y Artes le otorgó el Ariel de Oro, en reconocimiento a su carrera cinematográfica.
Es así que en 1987 María Félix adquirió en Cuernavaca, Morelos, una villa de estilo italiano, construida por José Mendoza, a la que llamó La Casa de las Tortugas. Ahí vivió con Tzapoff, gozando del paraíso. A inicios de 1989, ella se dio a la tarea de buscar los mejores espacios para la exposición Cuando la danza se vuelve rito. Los indios de México, que inició su itinerancia en junio de 1988 en el Palacio de Minería, Centro Histórico de la Ciudad de México.
Con entusiasmo y cortesía, recibimos a la actriz sonorense en el Museo de Arte, donde supervisó cada uno de los montajes de aquella muestra excepcional. Los retratos, creados en óleo sobre tela, eran de tamaño natural; los marcos de plata competían con la ejecución pictórica. La modelo desplegaba su belleza en cada uno, vestida como mazahua, huichol, rarámuri, kikapú, yaqui (tenía ascendencia de esta etnia).
En diferentes ocasiones estuvimos con ella. En la conferencia de prensa que dio en el Mesón de Santa Rosa, donde estaba hospedada, los flashes de los fotógrafos estaban expectantes. Sara, periodista de profesión y admiradora de la actriz, le había hecho llegar a su habitación un enorme arreglo de rosas rojas, las mejores de la región. La Doña preguntó quién había enviado las flores. Sarita respondió, ruborizada. La actriz apenas agradeció el detalle y le concedió una pregunta: “Señora, por favor compártanos un recuerdo sacado del precioso arcón de su memoria en la Ciudad Luz”. La respuesta de María llevaba filo, pareció cortar el aire: “Soy mexicana y vivo en mi país”. No concedió más preguntas a Sarita.
María Félix no era actriz de Método (Stanislavski), pero se había apropiado del personaje de Rómulo Gallegos, Doña Bárbara, al filmar la película de 1943. Nunca escuchamos a la mujer oculta debajo del maquillaje. Cuatro décadas después, María seguía siendo La Doña.