Cátedras de la Diáspora Mexicana es un programa del Gobierno Federal que tiene el objetivo de vincular a los investigadores y académicos mexicanos que viven fuera del país, con las instituciones de educación superior y centros de investigación en México. Esta iniciativa puede rendir frutos estupendos.
Durante siglos, este noble territorio llamado México recibió a extranjeros que llegaban por trabajo o estudio; aquí, muchos se enamoraron, formaron familias y se quedaron de por vida. Es el caso de mi padre. Mis hermanos y yo somos hijos de una pareja bicultural, tenemos familia de origen en dos países. Más tarde, dos de mis hermanas se casaron con extranjeros y viven en Estados Unidos y España; mis sobrinos son extranjeros.
Cada mexicano en lejanas tierras se convierte en un embajador cultural. Allá donde va, habla consigo mismo en español aunque pronuncie palabras en otra lengua; trata de preservar sus costumbres más arraigadas y de compartir con otros las tradiciones de sus ancestros.
Cuando Eduardo y yo llegamos a Boston, lo primero que salió de las maletas fue un calendario azteca, la piedra del sol.
El día en que un mexicano que vive lejos encuentra a un paisano en el metro, es una fiesta para los sentidos. Se abrazan, intercambian números y escuchan juntos a Juan Gabriel tomando tequila, dejando que las grietas de la emoción se abran para dejar pasar la luz.
La parte linda del exilio es participar en proyectos internacionales, identificarse como mexicano en una ceremonia de premiación, escuchar las experiencias de quienes han visitado nuestra tierra y se quedaron con un precioso recuerdo. Hay otro lado de la moneda, de rostro oscuro, un aspecto doloroso que tú conoces y del que no hablaremos.
Muchos hijos de mis compañeros de generación viven lejos de la tierra natal y están ofreciendo a sus empresas e instituciones lo mejor que tenemos: inteligencia, talento y creatividad.
Esas capacidades nos harían falta para lograr el desarrollo que deseamos. Los números son poderosos: según registros del Instituto de los Mexicanos en el Exterior, hay 11.9 millones de paisanos repartidos en el mundo. La inmensa mayoría vive en Estados Unidos (98 %); Canadá y España siguen en porcentaje.
Arcelus, amigo de mi hijo, vive en Madrid y fusiona el folklore latino con sonidos contemporáneos; su música tiene raíces de tango, bolero y huapango. Miguel, hijo de mi amiga Josefa, se formó en Dublín y los Países Bajos, entre otros lugares; ha formado un hogar en Siberia, casado con una chica rusa. Tienen un bebé cuya sangre lleva gotas mexicanas, españolas y de Kazajistán.
La añoranza por la ciudad natal se asoma en charlas, se cuela en un discurso al recibir un premio, se convierte en llanto cuando el frío congela los huesos, porque el timbre del teléfono los despierta de madrugada: les avisan que alguien muy cercano se ha ido y el funeral no puede esperar a que ellos lleguen.