Hugo Gutiérrez Vega perteneció a esa pléyade de artistas, intelectuales y escritores que tuvieron una carrera diplomática gracias a la cual México estuvo representado con dignidad e inteligencia en el mundo. Como agregado cultural de nuestra embajada en Washington, invitó a Carlos Monsiváis y a José Emilio Pacheco a dar una serie de conferencias en marzo de 1985, gira que abarcó varias ciudades de los Estados Unidos. Gutiérrez Vega organizaba en ese país ciclos de cine con películas de la época de oro, presentaciones de libros, exposiciones de arte y muchas otras actividades.
Eduardo y yo tuvimos oportunidad de escuchar a José Emilio en Harvard. Habíamos leído sus poemas con asombro y esa vivencia que se siente raras veces: estar leyendo verso tras verso descripciones de nuestras emociones, como si esas palabras narraran nuestras vidas: “No amo mi patria. Su fulgor abstracto es inasible. Pero (aunque suene mal) daría la vida por diez lugares suyos, cierta gente, puertos, bosques de pinos...”
Dictó su conferencia en el perfecto inglés de un traductor literario. Tocó el interesante tema del periodismo moderno. Habló de la expansión de los ferrocarriles en Europa y varias ciudades americanas a principios del siglo XIX, de los vagones sobre rieles con máquinas tan confiables, que fue posible definir horarios de salidas y llegadas. Por lo tanto, los pasajeros sabían que contaban con un número exacto de minutos en cada traslado, tiempo que podían dedicar a la lectura.
Por otra parte, las jornadas de trabajo eran cada vez más exigentes, los acontecimientos importantes afectaban a comunidades numerosas y todo mundo necesitaba estar informado de lo que ocurría en su país y en otros lugares. Los periódicos pudieron realizar tirajes cada vez más grandes y hubo por vez primera un periodismo ágil, realizado por reporteros y escritores, que publicaban en líneas ágata. Sus mejores lectores eran los pasajeros de trenes.
El público salió encantado de la charla. Nosotros nos llenamos de orgullo por el conferencista, un columnista muy respetado, profesor universitario y hombre de trato muy amable. Envolvía su corpachón en un abrigo grueso para resguardarse de las temperaturas bajo cero. Pisaba la nieve con cuidado para no resbalar. En su compañía y la de Monsiváis pasamos tres días. Tuve la dicha de guiarlo en un recorrido por cafés, bibliotecas y librerías, mientras el resto del grupo visitaba otros lugares.
Eduardo y yo recibimos de su mano libros que él mismo, con paciencia y minucia, hojeaba para corregir las erratas que sufrieron en su paso por las imprentas. Se concentraba en hacer esa revisión última, y nos agradecía que recibiéramos ejemplares que no eran perfectos, como habría sido su deseo.
Tantos años después, sus libros siguen en las estanterías de nuestra casa, para recordarnos aquellos días del final del invierno, cuando un rayo del sol mexicano se coló en Boston para derretir el hielo, verso a verso.

