Un día de 2001, Eduardo y yo viajamos al Distrito Federal, por trabajo. Habíamos quedado con nuestra querida Ángeles González Gamio, para comer cerca de su oficina, que se encontraba sobre una librería, en el Eje Central. Al subir una escalera de caracol, se nos adelantó un señor de edad muy avanzada cuyo rostro reconocí: era Andrés Henestrosa, gran intelectual y político oaxaqueño. Qué fortuna, pensamos, conocer a este hombre inteligente, promotor de la lectura, historiador y lingüista, quien dedicó años a la fonetización del idioma zapoteco y su transcripción al alfabeto latino.
Henestrosa nació en San Francisco Ihuatán, el 30 de noviembre de 1906. Durante sus primeros años, el único idioma que habló fue el zapoteco. La leyenda dice que siendo muy jovencito salió de su pueblo y llegó a la casa de Antonieta Rivas Mercado, quien lo acogió con afecto y le presentó a José Vasconcelos y Antonio Caso, que se volvieron sus mentores. A partir de ahí, su carrera fue impresionante.
Ángeles era la Secretaria de la Crónica de la Ciudad de México y coordinaba las sesiones del Consejo en que participaban el oaxaqueño con personajes como Monsiváis, Carlos Fuentes y José Luis Cuevas. Fueron años dorados para la investigación y la publicación de escritos sobre la capital. La sede era soberbia: el interior de la cúpula de una iglesia virreinal, sobreviviente del conjunto conventual de San Francisco. La duela del piso sostenía una mesa señorial. Los vitrales del tambor dejaban pasar la clara luz solar.
Nuestra amiga nos presentó; el poeta se sentó en un sofá y yo quedé a su lado. Eduardo ocupó un sillón frente a nosotros. Ángeles comentó algo sobre mi trabajo. Henestrosa me tomó de la mano y no la soltó. Por el contrario: acariciaba mi brazo mientras hablaba. Me miró a los ojos y dijo: “Tengo muchos amigos en Querétaro. Quisiera ir a saludarlos y recorrer el museo que usted dirige”.
Ángeles le dijo que le encantaba su loción. El escritor contestó: “No quiero oler a viejo, preciosa”. Después de invitarnos a Oaxaca y elogiar los platillos de su cocinera, nos dijo: “Mi madre murió de ciento dos años. No quiero vivir tanto. Yo quiero morir antes, de ciento uno”. Miró a Eduardo de frente: “Quiero morir a manos de un marido celoso. Y que al día siguiente, en todos los periódicos, aparezca la noticia a ocho columnas: Henestrosa, ¡adúltero!” Dijo estas palabras moviendo la mano derecha, cuyo índice señalaba las páginas del periódico imaginario. Todavía nos reímos.
Henestrosa era, con palabras de García Márquez, un goloso de la vida. Un hombre de mentalidad abierta y permanente disposición para la felicidad. Escribió libros que explican la historia y sus raíces. Tuvo cargos de elección popular. Hizo que su idioma tuviera un alfabeto. Más allá de la coquetería, su intención era invitar a otros a experimentar emociones con plenitud. Vivió un siglo entero siguiendo el pulso de su corazón, un corazón enamorado.