Tuve el privilegio de conocer a Carol Rolland y de ser testigo de la grandeza de su espíritu. Era una mujer luminosa, de corazón sensible, cuya mente albergaba profundos pensamientos. En el 2006, gestioné su exposición retrospectiva y la presentación del primero de sus libros de arte. Estar con ella era un placer que se manifestaba de múltiples maneras, al escuchar sus puntos de vista, al apreciar su creación artística y al percibir la paz de su alma, una armonía sutil que su mirada proyectaba.
Su legado artístico ha atravesado con finura las capas del tiempo. En la vasta mayoría de sus piezas, hay picos que nos remiten a elevaciones de una cordillera que se levanta sobre los valles para alcanzar el cielo. Esos vértices, como dagas de filo cortante, pueden horadar la mente del espectador para que reciba un mensaje críptico, un lenguaje sin palabras, hecho de sensaciones convertidas en formas definidas o colores que se desvanecen.
La fuerza creativa de Rolland le permitió trasladar al soporte de papel, tela o metal, un universo de imágenes que con frecuencia empleaban los colores del crepúsculo para recrear, empleando las técnicas abstractas, un acervo que estremece a quien admira los cuadros porque le habla de sí mismo, de sus propias vivencias, de la memoria sensorial que acumulamos los seres humanos en forma de una secuencia visual o táctil. Quizá no recordemos el momento exacto en que conocimos el color azul, pero una obra de esta artista nos lleva a ese instante, desprovisto de fecha, cargado de significados.
En algunas de sus obras, nos lleva a imaginar el cuerpo femenino, para rendir homenaje a la mujer joven que posee fuerza, energía y capacidad de concebir otro ser humano. Carol Rolland se entregó a su función como madre y en cada embarazo sintió crecer a una minúscula persona dentro de sí. Las experiencias vividas pueden ser el germen de una obra de arte que realiza quien vive con los ojos abiertos, consciente de la magnitud de los acontecimientos de su momento histórico.
Rolland creó monotipos y otros grabados, además de piezas únicas como dibujos al carbón, óleos, técnica mixta y esculturas en bronce a la cera perdida. Empleó varios soportes y dedicó años a la exploración de nuevos materiales para crear collages y piezas que requieren gran audacia y conocimiento del arte. Su aportación es tan reciente, que tiene un gran futuro en la historia de las artes plásticas en México. La Fundación Carol Rolland, los libros de arte dedicados a su creación y exposiciones como la presente así lo auguran.