Araceli Ardón

El baile en Palacio

Hace una semana, celebramos con un brindis ese enlace que contado por sus labios parece un cuento antiguo. Una historia que transcurre en un palacio

La Historia es un bucle interminable. Los hechos se suceden formando círculos incompletos que se deslizan como una escalera de caracol en la cual podemos bajar a siglos pretéritos y ascender de nuevo hasta nuestros días.

Años después de la expropiación de los bienes del clero, en 1888, Porfirio Díaz decretó que el ex convento de los frailes agustinos en Querétaro sirviera para alojar oficinas de la nación. Correos, Hacienda, Juzgados y otras instancias tuvieron aquí lugar durante un siglo completo. El edificio se llamó Palacio Federal.

El claustro ha conservado su belleza, con sus columnas talladas en cantera, una arcada que forma un cuadrado perfecto y una fuente central, reservorio del agua viva. A mitad del siglo XX, este mágico lugar fue también escenario de eventos para las familias locales. Cada 25 de diciembre, en algún punto del patio se colocaba un estrado para que las mejores orquestas del país tocaran los ritmos de moda, la música que se transmitía en la radio. Los queretanos esperaban la fecha para acudir a bailar vestidos de gala.

Una chica preciosa, de ojos azules y dieciocho años palpitando en la piel, se encontraba en una mesa con sus hermanos y primos. A la fiesta llegó su novio, un muchacho de veintiún años, originario de Guatemala. Que estaban enamorados, eso lo percibieron incluso los Hermes de piedra de la planta baja, la ciudad de los hombres, según el libro La ciudad de Dios, de San Agustín.

En el baile de Navidad de 1955, él tomó la mano de su novia y le propuso definir la fecha de su matrimonio. Ella dijo sí. El resto de la noche bailaron y festejaron con sus familiares por su próximo enlace.

El nombre del novio es Mauro Antonio Ardón Vargas. Ella se llama Celia Martínez Urbiola. En aquel momento, ella no sabía que uno de sus antepasados, el fraile Felipe de Urbiola, hijo de don Pedro de Urbiola, natural de Navarra, había sido uno de los constructores del claustro. Felipe fue administrador de la hacienda San Nicolás, propiedad de la Orden Agustina. Le tocó en suerte concluir el convento a la muerte de fray Luis Martínez Lucio, quien inició la construcción.

En 1988, el Palacio Federal se convirtió en el Museo de Arte de Querétaro. Durante dieciocho años estuve vinculada con este espacio cultural donde con frecuencia recibí a mis padres, Antonio y Celia, quienes se comprometieron en el patio barroco aquella noche de 1955 y se casaron en marzo de 1956. Cuando ellos me visitaban, encaminaban sus pasos felices al rincón del compromiso de matrimonio.

Setenta años han pasado. Hace una semana, celebramos con un brindis ese enlace que contado por sus labios parece un cuento antiguo. Una historia que transcurre en un palacio. Ellos gozan de su amor, con lucidez mental y gratitud a Dios. Hemos sido nueve hijos, quince nietos y cinco bisnietos.

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