Araceli Ardón

Desde mi Santiago

Buscan en el aire los aromas de su infancia y no los encuentran. Miran las baldosas, buscando sus huellas escolares.

20/02/2023 |09:36Araceli Ardón |
Redacción Querétaro
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La mujer de falda gris y blusa azul camina por la misma acera que tú. Ella acaba de inscribir a su pequeño en el preescolar. Una madeja de emociones contrariadas aprieta su garganta. Piensa en su niño como un bebé, pero acepta que ha crecido. Le alegra saber que tendrá las mañanas libres. Extrañará sus risas durante esas horas: un pequeño agujero se abre paso entre las costillas y al llegar al corazón se ha vuelto un túnel de humedad tibia.

El hombre que atraviesa la calle tiene la edad de tu padre. Reconoces su rostro aunque no sabes el nombre. Sus rasgos se repiten en esa generación, a fin de cuentas las familias locales comparten antepasados; este señor tiene la frente surcada por arrugas, los anteojos cabalgan la línea de la nariz. Un bastón le ayuda en su andar. Cuando llegue al café, podrá doblarlo en cuatro para que no estorbe. Ayer dedicó tiempo a dominar el mecanismo, para presumir a los amigos. Ojalá que hoy estén todos.

Sales de la tienda y te envuelve un grupo de adolescentes, pronto se adelantan a tu paso. Llevan uniforme y suéter a pleno sol, que les calienta aún más el cuerpo de huesos largos. Una de las chicas se detiene y mira el balcón donde agoniza una planta de geranios. Ella piensa en un romance posible y en un amor imposible. Algo le murmura a su amiga, quien estudia las líneas de las fachadas. Quiere ser arquitecta para construir hospitales o restaurar viejas casonas. No sabe que dentro de tres décadas un grupo de células de reproducción incontrolable se alojará en su pecho izquierdo. El médico emitirá un diagnóstico que hoy es impensable, porque no se ha patentado el equipo que detectará el cáncer.

La madre del niño de kínder sale de la papelería con un paquete de pinturas y cartulinas. Su chiquillo podrá hacer manualidades. Ella desea verlo en primaria y en un vuelo del pensamiento imagina su graduación. La escena la lleva a sonreír al hombre del bastón que a su vez detiene su mirada en la chica que diseñará casas. Tú los miras a los tres y piensas que la reja del balcón, forjada en hierro, lleva dos siglos asomada a la calle: ha visto niños que se vuelven hombres que se vuelven viejos. Algunos viven por un tiempo en otra parte, pero no se van del todo. En cuanto pueden, regresan por unos días y caminan buscando la banca del parque donde se rompió aquella relación que pudo cambiar su vida. Dudan si sentarse ahí mismo. Buscan en el aire los aromas de su infancia y no los encuentran. Miran las baldosas, buscando sus huellas escolares.

Pablo Neruda escribió sobre Santiago de Chile: “No puedo negar tu regazo / ciudad nutricia, no puedo / negar ni renegar las calles / que alimentaron mis dolores, // y el crepúsculo que caía / sobre los techos de Mapocho / con un color de café triste // y luego la ciudad ardía / crepitaba como una estrella / y que se sepa que sus rayos / prepararon mi entendimiento: / la ciudad era un barco verde / y partí a mis navegaciones”.

Escribo desde mi Santiago, el que según Borges luce ponientes del color de una rosa en Bengala. Con ganas de haber tomado del brazo al escritor ciego y contarle de esta ciudad queretana que le agradece haberla mencionado en el Aleph, el cuento de todo lo visible.

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