Todo comenzó en San Miguel de Allende. En un paseo, recorrimos las salas de El Nigromante, del INBA. Una colección de fotografías en gran formato. Blanco y negro. Espléndidas. Cada retrato hacía que los personajes se proyectaran tal como eran: seres con talento, inteligencia y carisma. Una fuerza sorprendente emergía de cada rostro. El acervo era producto de varias sesiones en las que posaron, entre otros: Carlos Monsiváis, Diana Bracho, Manuel Felguérez, Ofelia Medina, Sebastián, Michel Descombey, Elena Poniatowska, Patricia Reyes Spíndola, Juan Soriano, Gladiola Orozco, Guillermina Bravo.
Paco Ignacio Taibo I, el gran escritor republicano, refugiado de la Guerra Civil Española, publicaba en EL UNIVERSAL, El Gran Diario de México, la columna Esquina Baja.
En esas páginas, Taibo I escribió una reseña con el título “Los 27 amigos de Gilda Roel”. Según Taibo, “Gilda Roel es una fotógrafa que está segura de que las imágenes dicen más que los discursos. Siguiendo esta línea que tiene algo de adivinación y mucho de psicología, Gilda reunió a 27 amigos y los fue retratando uno a uno”.
Las piezas dialogaban entre sí, creando una maravilla de discurso museográfico. Fui a la oficina de Francisco Vidargas, en ese momento director de El Nigromante. Le pregunté sobre la fotógrafa Gilda Roel; tuvo la gentileza de darme su número de teléfono.
Así comenzó la gestión para montar la exposición en el Museo de Arte de Querétaro. Eduardo y yo fuimos a la Ciudad de México, a recoger las obras en la casa de la fotógrafa. César Costa nos abrió la puerta.
El cantante, el actor, el músico, el abogado, estaba frente a nosotros, sonriente, amable. El esposo de Gilda. Qué deleite, conocer a esa pareja de mexicanos excepcionales. Regresamos a Querétaro con las piezas en nuestro coche. El montaje incluía un texto de sala, de Monsiváis: “¿Quién es el propietario de un rostro? En el caso de quienes cumplen un desempeño público (en la política, las artes, la vida intelectual y la literatura) los propietarios son, a fin de cuentas, sus espectadores, los oyentes, los lectores, los que sienten y/o resienten sus actos y sus obras”.
Taibo I escribió poemas a manera de pie de foto. El rostro de César Costa tenía este mensaje:
“Cada vez que me miras, /me mejoras, /Y cuando me retratas crezco /hasta alcanzar las cumbres de los mitos. /Y cuando yo te miro /llego a la altura de los ritos. /Son cosas del amor / pero estas cosas no las cuentes a nadie /vida mía, / poco tienen que ver / con la fotografía”.
César Costa y Gilda Roel vinieron a Querétaro a la inauguración y volvieron a visitarla. Cuando salíamos a comer, los admiradores del cantante lo rodeaban para pedirle autógrafos y fotografías, le contaban de sus propias vidas. Ella esperaba, paciente, acostumbrada. En la sala del museo la estrella era Gilda. En la calle, Papá Soltero atraía a la gente. Cosas de la fama.