Araceli Ardón

Barbarie

Deseamos ponernos a salvo pero no sabemos cuál es un lugar seguro para nosotros y los seres que amamos.

22/08/2017 |07:22Araceli Ardón |
Redacción Querétaro
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Cuando la barbarie nos golpea, cuando esa forma de provocar dolor en una comunidad que realizan hordas de seres humanos, sin otra causa ni propósito que el de infundir miedo, lo que compartimos es un sentimiento de impotencia. Gracias a la tecnología, somos testigos de terribles acontecimientos en el instante en que ocurren. Las imágenes nos estremecen en lo profundo. Los gritos de terror apelan a los instintos básicos.

Deseamos ponernos a salvo pero no sabemos cuál es un lugar seguro para nosotros y los seres que amamos. Nos sentimos desarmados ante la crueldad exhibida por un grupo de desalmados que aprovechan las vacaciones (Barcelona), la celebración patriótica (Niza), los momentos de oración (Herat, Afganistán), la reunión en lugares para divertirse (Estambul, París). En el año 2017, en todo el mundo ha habido más de cuatro mil víctimas fatales del terrorismo.

Esa suma escalofriante no toma en cuenta a los heridos y a los millones de personas afectadas: los dueños de los establecimientos o vehículos destruidos, las empresas cuya estabilidad se hace añicos dejando a sus empleados en la calle, los gobiernos que hacen intentos inútiles por restablecer la paz, las madres de familia que pierden a sus hijos, los padres que se hunden en el desconsuelo al saber que sus esfuerzos no rinden frutos sino sufrimiento.

En momentos de tristeza y desolación viene a mi mente el poema “Los Heraldos Negros”, escrito hace un siglo por el peruano César Vallejo, una de las voces más sabias de la literatura: “Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma... ¡Yo no sé! / Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras / en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. / Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas; / o los heraldos negros que nos manda la Muerte”.
¿Cómo se cura usted las heridas provocadas por esta época? Seguramente tiene su peculiar forma de terapia. Todos los que tienen por lo menos una pizca de sensibilidad no podrán menos que sentirse necesitados de una mano amiga, una palabra de consuelo o un mecanismo más complejo para restituir el equilibrio emocional.

El dolor causado por el terrorismo se expande en círculos concéntricos, alcanzando una ciudad, un país, el mundo entero. También golpea de manera individual. En otra estrofa dice Vallejo: “Y el hombre... Pobre... ¡pobre! Vuelve los ojos, como / cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; / vuelve los ojos locos, y todo lo vivido / se empoza, como charco de culpa, en la mirada”.

Cada quien tiene su técnica para sanar. A mí me ayudan los libros. Desde que tengo memoria, la lectura me permite escapar de la realidad, trasladarme a otro espacio, tener diálogos mentales con sabios de diferentes países aunque ellos hayan hablado otro idioma, vivido en otro tiempo y en un cuerpo de colores distintos a los míos.

Pueden ser obras de ficción, poesía o ensayo, tan breves como un hai-kú o tan complejas como las novelas de Dostoievsky. La lectura, afirma el organismo británico National Institute for Health and Care Excellence, es útil para reducir los efectos de los trastornos de depresión o ansiedad. Es una forma de terapia cognitiva de baja intensidad. A mí me da respuestas a preguntas que he llevado en el cerebro por años, y que al paso del tiempo asumen distintas formas.

Los libros sirven para modificar actitudes y conductas. Incluso cambian las leyes. Hace poco, el abogado Gil Miguel Sandoval me hizo saber que a raíz de la publicación de la novela Los miserables, de Victor Hugo, el gobierno de Francia y más tarde casi todos los países han definido que el robo famélico, es decir, el hurto por hambre, no es causa de prisión.

En el Imperio Romano, el furtum famelicus era definido con base en el proverbio “La necesidad no tiene ley”, de la época de Jesús. En el derecho germánico de la Edad Media se permitía a las embarazadas apropiarse de comida. En casi todos los códigos penales se defiende a los menesterosos. Jean Valjean, el protagonista del libro de Hugo, roba un pan y por ello termina en la cárcel. Su tragedia íntima fue convertida en obra de teatro, película y espectáculo musical. Traducida a muchos idiomas, ha contribuido a la formación del sentido de la ética y los valores morales de millones.

Los libros nos vuelven más humanos, en el sentido más amplio del término. Nos ayudan a lograr mayor empatía con los demás, y a comprender que toda persona, incluso la más pobre o enferma, tiene una misión en esta tierra. Al leer narrativa, nos ponemos en los zapatos de los personajes, sentimos sus alegrías, nos emocionan sus logros, vivimos sus historias de forma simbólica. Nos reconciliamos con la vida. Este proceso lleva al perdón, que trae consigo la alegría.

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