Faltan 5 años. Es un tiempo apenas suficiente para preparar la celebración del Aniversario 500 de nuestra ciudad. Me atrevo a sugerir la creación de un comité de expertos: sociólogos, historiadores, profesores universitarios, investigadores, artistas plásticos, compositores, músicos, directores de orquesta, dramaturgos, actores. Personas con esta experiencia y conocimiento tenemos en esta metrópoli que en un tiempo fue nombrada Muy Noble y Leal Ciudad.
Según el mito, la fundación de Santiago de Querétaro comenzó el 25 de julio de 1531, a partir de un acuerdo entre el español Hernán Pérez de Bocanegra y Conín, un comerciante indígena de la etnia otomí, quien nació alrededor del año 1480 en la población Nopala, en el reino de Jilotepec. Hace tiempo, el doctor David Wright, experto en el idioma otomí, afirmó con pruebas que el nombre del mercader era Conni, más que Conín. La palabra hñahñu designa la etnia y su idioma; se traduce como otomí al español.
Pérez de Córdoba y Bocanegra era español de origen. Llegó a la Ciudad de México en 1526 acompañando a su tío materno, el juez Luis Ponce de León. Durante la conquista, fue encomendero en el territorio al norte de la capital de la Nueva España. Tengo a la vista la tesis de maestría presentada por Marlene Shani Rivas en la Facultad de Historia de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, dedicada a este conquistador. Es un documento basado en una investigación seria.
Bocanegra, un hombre ambicioso y hábil, conoció a Conni, percibió su liderazgo y buscó la manera de lograr un acuerdo para conseguir el apoyo de los otomíes y así lograr que la región se incorporara a la Nueva España.
En mi novela Josefa – muy señora mía, describo así al Centro Histórico de Santiago:
“Conventos fundados en el Virreinato, esbeltas torres de campanario, balcones con rejas de hierro forjado, fachadas cuya piedra recrea la vegetación al más puro estilo barroco, fuentes que resguardan un tesoro de transparencia líquida, muros que desafían al tiempo, perros que lanzan agua por el hocico, todos están hechos de la roca surgida de la cantera de La Cañada, cerca del venero que alimentó al acueducto durante dos siglos.
La ciudad entera parece haber salido al mismo tiempo de las manos de los pedreros, como si no hubieran transcurrido los años que separan al Colegio de Propaganda Fide del Gran Hotel. La piel de la ciudad adquiere por la mañana un tono de flor tierna que se tiñe de dorado al mediodía y de púrpura en algunas tardes de cielo marítimo. Hay también muros de tezontle, piedra nativa de color ocre que juega con las baldosas de cantera. Vitrales, esculturas aéreas, cúpulas recubiertas de azulejos, copas de árboles centenarios que asoman detrás de las fachadas: cada trozo del paisaje se ensambla con otros en un concurso sin límite de tiempo, cada uno con el deseo de atrapar al vuelo la esencia de una ciudad de leyenda, escenario de sucesos fundamentales para la patria”.