Andrea Tovar

Querétaro ya se está transformando

Querétaro vive una semana en la que se evalúa profundamente el compromiso, más allá de las reacciones; las obras del Tren México–Querétaro sobre Bernardo Quintana van a modificar la movilidad de miles de personas, pero el debate no debe centrarse únicamente en los carriles cerrados, ni en los tiempos de traslado, ni en las rutas alternas, si no en la capacidad de las administraciones para sostener el desarrollo que tanto presumen.

Porque en Querétaro ya no alcanza con narrativas incrustadas y repetitivas, hay una contradicción que no podemos normalizar: cuando se habla de crecimiento, inversión, plusvalía, parques industriales, llegada de empresas y competitividad, Querétaro aparece como ejemplo nacional; pero cuando ese mismo crecimiento exige agua, energía eléctrica, movilidad, drenaje, transporte público y planeación urbana, entonces las responsabilidades empiezan a repartirse, diluirse o trasladarse. El Tren México–Querétaro es una obra federal, sí, pero también es una obra que va a beneficiar directamente a Querétaro. Va a mejorar conectividad, elevar el valor estratégico de la ciudad, fortalecer su posición económica y abrir nuevas posibilidades de movilidad regional, por eso, la discusión no debería reducirse a decir “es una obra federal” como si eso bastara para tomar distancia política de sus efectos cotidianos.

Ya lo vimos con Paseo 5 de Febrero: cuando se trató de una obra estatal, hubo presencia permanente, explicaciones, dependencias en territorio, narrativa de modernización y una defensa pública muy activa. Hoy, frente a una obra federal que también traerá desarrollo para Querétaro, el acompañamiento no puede limitarse a avisar cierres, controlar cruceros y pedir paciencia, es necesaria socialización real y coordinada entre niveles de gobierno, rutas claras, atención a colonias, coordinación con comercios, transporte público suficiente y comunicación ciudadana todos los días. No se trata de confrontar con politiquería, se trata de proteger a la gente.

El problema de fondo es que Querétaro ya no puede seguir tratando sus crisis como hechos aislados. Los apagones no son un tema separado del agua; las lluvias no son un tema separado de la movilidad, porque una vialidad colapsada afecta escuelas, trabajos, comercios y servicios de emergencia. El tráfico no es solo consecuencia de una obra, sino de años de crecimiento urbano que no siempre fue acompañado por infraestructura suficiente.

Cuando una ciudad crece sin anticipar sus necesidades, el desarrollo se convierte en presión, que se transforma en presión sobre el agua, sobre la luz, sobre las calles, sobre el transporte y sobre la vida cotidiana de las familias. Por eso, lo digo con toda firmeza, el debate no es si queremos o no desarrollo; por supuesto que Querétaro necesita desarrollo e infraestructura y una obra como el Tren México–Querétaro representa futuro, sin embargo el desarrollo no puede medirse únicamente por la obra terminada; debe medirse por la forma en que se cuida a la ciudadanía mientras la obra sucede.

Ahí es donde Querétaro necesita una nueva visión pública: una visión que entienda que gobernar no es administrar molestias, sino anticiparlas; no es culpar a otro nivel de gobierno, sino coordinarse; no es presumir crecimiento, sino hacerse cargo de sus consecuencias. La ciudad necesita liderazgos que no vean la movilidad, el agua, la energía y la planeación urbana como temas técnicos desconectados, sino como parte de una misma agenda de protección ciudadana; porque al final, una madre que sale más temprano para llevar a sus hijos a la escuela, una persona trabajadora que pierde una hora más en el tráfico, un comercio que se queda sin luz o una colonia que se inunda es responsabilidad de las decisiones de quien gobierna.

Querétaro no debe elegir entre crecer o cuidar a su gente. La verdadera política pública consiste en hacer las dos cosas al mismo tiempo.

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