Hay decisiones públicas que deben reconocerse, aun cuando llegan tarde… declarar al Parque Los Alcanfores como Área Natural Protegida es una de ellas; es una extraordinaria noticia para Querétaro, pero sería injusto contarla como si hubiera nacido espontáneamente de una visión ambiental de gobierno.
Antes del decreto hubo ciudadanos, vecinos, académicos y colectivos que durante meses (y en algunos casos años) advirtieron sobre el deterioro de uno de los pulmones de nuestra ciudad. A ellos hay que reconocerles la lucha.
Los Alcanfores no llegó a esta declaratoria en plenitud, llegó con denuncias de plagas, deterioro del mobiliario, falta de mantenimiento y preocupación por las condiciones de su arbolado. Vecinos habían señalado públicamente esos problemas desde principios de año y por eso vale la pena preguntarnos: ¿qué significa realmente proteger? Un decreto puede cambiar la condición jurídica de un parque, pero no cura un árbol enfermo, no recoge años de abandono ni sustituye el mantenimiento permanente.
Durante meses, una parte de la conversación pública que generaban de forma extrañamente coordinada, alrededor del Tren México–Querétaro, se concentró en advertir sus afectaciones; cuando las obras llegaron a Bernardo Quintana, las autoridades municipales hablaron de una etapa compleja, en cada espectacular resaltaban que era una OBRA DE GOBIERNO FEDERAL, pidieron evitar la zona y reconocieron que el impacto sería “catastrófico”. Después, cuando ese escenario no ocurrió, la narrativa cambió: se presentó como un éxito de la coordinación estatal y municipal.
Tan sólo unos días después, el mismo proyecto federal volvió a colocar otro espacio bajo los reflectores: Los Alcanfores. Y entonces ocurrió algo que durante años no había sucedido: protegerlo adquirió carácter urgente.
No deja de ser llamativo, la obra federal que algunos quisieron presentar primero como fuente de problemas terminó provocando discusiones que Querétaro debió haber tenido mucho antes: cómo movemos a una ciudad en crecimiento, cómo protegemos nuestro patrimonio, cuánto espacio verde estamos dispuestos a perder y qué modelo urbano queremos dejar a las siguientes generaciones.
En el caso de Los Alcanfores, las organizaciones ambientales advirtieron que la protección no podía limitarse a trazar un polígono y olvidarse de lo que quedara fuera y, su planteamiento resulta elemental: una zona degradada no pierde su derecho a ser recuperada precisamente por estar deteriorada.
Parece que gobierno tiene una idea de desarrollo donde primero construye y después corrige; primero urbaniza y después busca agua; primero reduce áreas naturales y después decreta las que quedan; primero deja deteriorar nuestros parques y después celebra que finalmente decide protegerlos.
Querétaro necesita vivienda, infraestructura, inversión; pero también necesita el Tren México–Querétaro. Ninguna de esas cosas puede construirse sacrificando la calidad de vida que hizo atractiva a nuestra ciudad en primer lugar, proteger Los Alcanfores no termina con una fotografía y una firma. Ese es el comienzo, ahora necesitamos saber cuál será el presupuesto para restaurarlo, qué ocurrirá con su arbolado, cómo se combatirán las plagas, cómo se recuperarán las áreas degradadas, qué mecanismos permitirán vigilar su conservación y qué participación tendrán quienes defendieron el parque cuando todavía no era políticamente rentable hacerlo.
Celebro que Los Alcanfores esté protegido, pero el gobierno debe pensar primero que una ciudad no puede esperar a que una obra, una crisis o una controversia los obligue a cuidar aquello que debieron proteger desde siempre.
Ya no alcanza con decretos de papel para la foto, Querétaro necesita un gobierno que se preocupe genuinamente, su responsabilidad es proteger la ciudad y la calidad de vida de todas y todos.