Ayer fuimos testigos, una vez más, del verdadero rostro de quienes se ostentan como la “oposición democrática” en México. Los golpes, empujones y agresiones que protagonizó el dirigente nacional del PRI, Alejandro Alito Moreno, contra el presidente del Senado, Gerardo Fernández Noroña, no son un hecho aislado, sino la confirmación de que para ciertos sectores, la violencia es su única herramienta de debate.

Las imágenes hablan por sí solas: Alito jaloneando, golpeando y amenazando no sólo a Noroña, sino también agrediendo a trabajadores del Senado, incluido un fotógrafo al que pateó estando en el suelo. Este comportamiento salvaje, impropio de cualquier representante popular, es el mismo que hemos visto una y otra vez en los recintos legislativos cuando el PAN y el PRI no pueden imponer sus caprichos.

¿Acaso olvidamos los múltiples episodios de violencia protagonizados por panistas y priistas en el Congreso? ¿Los empujones, las agresiones verbales y físicas cada vez que sus privilegios se ven amenazados? La respuesta es clara: cuando no pueden convencer con ideas, recurren a los puños. Esta conducta refleja la mentalidad autoritaria que caracterizó a estos partidos por décadas. Incluso hay un exgobernador panista de nuestro estado que ha sido señalado en múltiples ocasiones por comportamientos agresivos, demostrando que esta cultura de la violencia y la imposición permea todos los niveles de estos partidos.

No es casualidad que quienes defendieron a sangre y fuego el modelo neoliberal, quienes saquearon las arcas públicas durante décadas y quienes se oponen sistemáticamente a cualquier política que beneficie al pueblo, recurran ahora a la violencia física cuando sus argumentos se agotan. Es su última carta, su desesperación ante la pérdida definitiva de privilegios; mientras Morena construye consensos, dialoga y trabaja por la transformación pacífica del país, ellos responden con golpes. Mientras nosotros proponemos reformas para fortalecer la democracia y combatir la corrupción, ellos apelan a la ley del más fuerte, como si estuvieran en una cantina y no en el Senado.

Es fundamental que la ciudadanía comprenda que estos episodios no son “diferencias políticas normales”, sino la expresión más cruda del desprecio que estos grupos sienten por las instituciones democráticas y por el pueblo que los eligió para representarlos.

Como legisladora, como mujer y como habitante de este estado, repudio cualquier acto de violencia en espacios legislativos. La política se hace con argumentos, propuestas, trabajo serio y comprometido con la gente. Quien recurre a la agresión demuestra no sólo su falta de preparación, sino su desprecio por la democracia misma.

Merecemos representantes que pongan por delante el bienestar de nuestro estado. No podemos permitir que la violencia se normalice como herramienta política, porque ese es el camino directo hacia la barbarie.

La transformación de México continuará, pero siempre por la vía pacífica, democrática y con el pueblo como protagonista. Mientras unos golpean, nosotros seguiremos construyendo.

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