La conmemoración de la Constitución en Querétaro no debe reducirse a una ceremonia protocolaria ni a un acto de nostalgia histórica, ni mucho menos a una pasarela de fotos con la primera Presidenta de México. La Constitución de 1917 no fue pensada para ser admirada, sino utilizada para hacer valer un Estado de derecho. Su razón de ser ha sido siempre ordenar el poder, corregir abusos y ampliar derechos, desde esa lógica debe analizarse la reforma electoral que hoy se discute a nivel nacional y su vínculo directo con los ajustes que se impulsan desde lo local, particularmente desde el Instituto Electoral del Estado de Querétaro (IEEQ).
La propuesta nacional pone sobre la mesa temas que incomodan a quienes se beneficiaron durante años de un sistema costoso, opaco y profundamente desigual: el uso del dinero público en partidos políticos, la equidad real en la contienda, el acceso efectivo de mujeres y jóvenes a los espacios de decisión y la obligación de que las instituciones electorales respondan al interés ciudadano, no a las cúpulas. En Querétaro, el IEEQ ha entendido bien el mensaje constitucional: la democracia no es sólo contar votos, es garantizar condiciones justas para ejercerlos.
Las discusiones locales sobre paridad, inclusión, reglas claras y fortalecimiento institucional no están aisladas del debate nacional; son su expresión concreta en lo territorial.
Por eso la reforma incomoda. No porque elimine derechos, sino porque toca intereses de quienes siguen viviendo de la política, reduce márgenes de discrecionalidad, cuestiona el uso del dinero público y obliga a replantear el papel de las autoridades electorales. A quienes viven del sistema tal como está, cualquier cambio les parece una amenaza; a la ciudadanía, en cambio, le representa una oportunidad de recuperar confianza y sentido en el proceso democrático.
La Constitución ofrece un marco claro para entender este momento, ya que ninguno de los derechos políticos que hoy tenemos las mexicanas y mexicanos fue automático. El voto de las mujeres, por ejemplo, y su derecho a ser electas fueron producto de una reforma constitucional que enfrentó resistencias muy similares a las que enfrenta la actual reforma electoral que impulsa nuestra Presidenta. Se dijo que no era necesario, que alteraba el equilibrio político y que ponía en riesgo al sistema. La historia demostró lo contrario.
Hoy, hablar de esa reforma implica hablar de mujeres, no como un tema accesorio, sino como un eje central del diseño democrático. La paridad, la representación efectiva y la participación real no se garantizan con discursos, sino con reglas claras y autoridades que las hagan cumplir. Las reformas que se discuten y promueven en nuestro estado, desde el IEEQ, dialogan directamente con el espíritu constitucional: fortalecer la equidad, actualizar normas y asegurar que la democracia funcione para todas y todos.