La seguridad no es un discurso. Es el aire que permite a una ciudad respirar, crecer y confiar en su futuro.
Lo que ha ocurrido recientemente a nivel nacional (el reacomodo de estructuras criminales tras la caída de liderazgos delictivos) no es un fenómeno lejano ni ajeno. Es una señal. Y las señales, cuando se ignoran, suelen cobrar factura.
Afortunadamente Querétaro no es una plaza en llamas, pero asumir que estamos blindados sería una peligrosa ilusión. Nuestra ubicación estratégica en el corredor logístico del Bajío, la conectividad carretera y la fortaleza industrial nos hacen atractivos para la inversión, el turismo… Y también para intereses que operan desde la sombra. Cuando un grupo criminal se fragmenta, la violencia no siempre llega con balas: muchas veces llega en silencio, buscando plazas estables, rentables y discretas.
Ciudades como la nuestra, con crecimiento inmobiliario, flujo constante de capital y estabilidad económica son terreno atractivo para la infiltración financiera y el lavado de dinero. Por eso, hablar de seguridad exige algo más que reflejos reactivos. Exige inteligencia, planeación y una mirada que entienda cómo se vive realmente.
La seguridad no se reduce a patrullas y cámaras. Implica análisis financiero, coordinación interinstitucional y prevención social focalizada. Implica reconocer que la ciudad no se vive igual desde todos los cuerpos. Las mujeres enfrentamos el espacio público de manera distinta: el miedo no se distribuye de forma equitativa, la violencia tampoco.
Una estrategia municipal moderna debe fortalecer la policía de proximidad, profesionalizar sus cuerpos de seguridad y apostar por inteligencia predictiva del delito. Pero eso no basta si no se atiende el tejido comunitario: iluminación en colonias periféricas, recuperación de espacios públicos, rutas seguras para mujeres, niñas y adolescentes, y programas que alcancen a las y los jóvenes antes de que las economías ilegales los recluten.
Nuestra capital, por ejemplo, ha crecido rápido. Nuevos fraccionamientos, nuevos habitantes, nuevas inversiones, mayor movilidad. Ese crecimiento abre oportunidades, pero también genera riesgos. La infiltración económica no siempre se anuncia con violencia; a veces se disfraza de inversión opaca o de expansión inmobiliaria sin supervisión adecuada. Por eso, quien encabece el gobierno municipal debe saber coordinarse con instancias estatales y federales en materia de inteligencia financiera y control territorial.
No se trata de generar alarma. Se trata de anticiparse. Querétaro vive, en gran medida, de su reputación: destino seguro para invertir, estudiar y visitar. Un sólo evento de alto impacto puede alterar esa percepción. Y en política, la percepción pesa tanto como la estadística.
Recordemos que aquí hemos trabajado por las mujeres, no sólo somos víctimas potenciales: somos lideresas comunitarias, organizadoras, constructoras de paz. Una política municipal se debe desarrollar e implementar con perspectiva de género, debe incluirnos en la toma de decisiones, en los consejos ciudadanos de seguridad y en el diseño de programas preventivos. La paz no se impone: se construye con participación.
Quien gobierne la capital debe comprender que el verdadero blindaje no es el discurso, sino la planeación estratégica, no reaccionar sólo cuando la crisis ya es mediática. Hoy todavía estamos a tiempo. De fortalecer instituciones antes de que la presión externa nos alcance, de consolidar una ciudad que no sólo crezca, sino que lo haga con justicia, equidad y seguridad integral. La seguridad no admite improvisaciones. Y quien encabece la presidencia municipal deberá estar a la altura de ese desafío.

