En Querétaro ya no alcanza con hablarle solamente a quienes nacieron aquí. La ciudad cambió, creció. Hay cientos de nuevas familias, profesionistas, estudiantes, trabajadores, emprendedores y personas que llegaron buscando algo que en otros lugares parecía más difícil: seguridad, empleo, estabilidad y calidad de vida. Eso es lo que se les vendía.
Ese fenómeno no es menor. Tan solo en el municipio de Santiago de Querétaro, más de una tercera parte de la población es foránea. No estamos hablando de una cifra decorativa, sino de cientos de miles de personas que hoy viven, trabajan, pagan renta, usan transporte, llevan a sus hijos a la escuela, hacen filas, buscan servicios públicos y toman decisiones sobre el futuro de esta ciudad.
Durante años se presumió que Querétaro era sinónimo de progreso, y en muchos sentidos lo fue. Llegó inversión, creció la industria, aumentaron las oportunidades y la ciudad se convirtió en un punto de atracción nacional, pero también hay que decirlo con claridad: el crecimiento no siempre se traduce en bienestar para todos. Hoy muchas personas que llegaron con ilusión se están encontrando con rentas altas, traslados largos, colonias alejadas, servicios saturados y una ciudad cada vez más cara, que los obliga a vivir lejos de los servicios.
Las personas no migran para sobrevivir con peores condiciones de vida, migran para vivir mejor. Para tener mayores oportunidades, para darle una vida mejor a sus hijos. Para crecer. Por eso, cuando hablamos de población foránea, no deberíamos hacerlo desde el prejuicio ni desde la nostalgia de “antes Querétaro era distinto”. Claro que era distinto. Pero la ciudad de hoy ya no puede gobernarse con la mirada de hace 20 años. Querétaro necesita entender a sus nuevos habitantes, no culparlos por los problemas que la mala planeación no supo resolver.
Quienes llegaron de Ciudad de México, Estado de México, Guanajuato, Michoacán, Jalisco o de cualquier otra parte del país no vinieron a quitarle identidad a Querétaro, como lo hacen ver las críticas de “son de fueras”. Vinieron a construir una vida. Y en ese proceso también se volvieron parte de esta tierra, sus hijos estudian aquí, sus negocios pagan impuestos aquí, sus trayectos son en esta ciudad. Sus preocupaciones también son queretanas.
Hablar de vivienda accesible, movilidad digna, seguridad real, espacios públicos, salud mental, empleo bien pagado, trámites sencillos o comunidad debe dejar de ser un tabú. Quien sólo les hable de cifras alegres, obras aisladas o discursos de orgullo, se va a quedar corto.
Para una familia que paga 12 mil pesos de renta, Querétaro se mide en ¿alcanza para vivir? Para una madre que cruza la ciudad todos los días, Querétaro se mide en el tiempo que pierde en el tráfico. Para un joven profesionista, Querétaro se mide en si puede independizarse, ahorrar, moverse seguro y construir futuro.
Hoy la pregunta no es quién nació aquí y quién llegó después. La pregunta es quién entiende la ciudad que ya somos y sobre todo, quién se atreve a construir la ciudad que necesitamos.
Porque en Querétaro ya no alcanza con presumir que todos quieren venir. Ahora hay que lograr que quienes ya llegaron puedan quedarse, vivir bien y sentirse parte.