Andrea Tovar

En Querétaro… ya no alcanza

Cada vez más personas viven la experiencia de una ciudad que las expulsa

En México tuvieron que pasar más de 90 años para que se empezara a hablar de vivienda digna como se debe: no solo como una casa, sino como una hogar adecuado, asequible, con servicios, espacio público y cercana al trabajo. La presidenta Claudia Sheinbaum lo ha dicho con claridad al defender viviendas de al menos 60 metros cuadrados, no “huevitos”, y al plantear una política nacional que busca construir 1.8 millones de viviendas durante el sexenio. El diagnóstico federal es correcto: vivir bien no depende solo de tener techo, sino de no perder la vida entera en pagarlo y en trasladarse.

El problema es que, cuando aterrizamos esa discusión en Querétaro, especialmente la capital, aparece una realidad incómoda: aquí ya no alcanza para vivir, mucho menos cerca, para moverse fácil y, muchas veces, ni siquiera para sentirse seguro. La ciudad presume orden, rumbo, crecimiento, inversión y plusvalía, pero esa prosperidad no se está traduciendo en bienestar urbano ni humano para la mayoría. Al contrario: cada vez más personas viven la experiencia de una ciudad que las expulsa, las separa y les cobra demasiado por pertenecer a ella.

Los datos son durísimos: Querétaro está entre las entidades con mayor gasto por hogar del país. El gasto corriente monetario promedio trimestral llegó a 61 mil pesos en 2024, y en zonas urbanas fue todavía mayor. Dentro de ese gasto, transporte y comunicaciones absorbieron más de 12 mil pesos trimestrales, y ni hablemos del gasto promedio en vivienda y servicios. Dicho de otro modo: en Querétaro no solo cuesta vivir, también cuesta muchísimo llegar a donde tienes que trabajar, estudiar o resolver la vida diaria.

Y mientras eso pasa, el mercado inmobiliario sigue empujando hacia arriba. En 2025, la renta media de un departamento de dos recámaras en la ciudad rondó los 11 mil pesos mensuales. Para muchas familias jóvenes, madres solteras, parejas que apenas empiezan o personas que trabajan en servicios, comercio, gobierno o educación, eso significa una condena silenciosa: o rentan lejos (para “gastar menos”), o comparten en condiciones precarias, o destinan una parte desproporcionada de su ingreso para no salir expulsados de las zonas con mejores servicios.

Ahí aparece el verdadero rostro de la segregación. No siempre se ve como un muro, a veces se ve como una ruta más larga, un camión más, una hora perdida, una colonia sin parques, una vivienda barata pero desconectada.

La OCDE ha advertido que en México los hogares de ingresos bajos y medios suelen quedar siempre en las “afueras” de la ciudad, desconectadas de todo, mientras los sectores de mayores ingresos se concentran en desarrollos cerrados mejor ubicados. Y el propio Programa Estatal de Vivienda reconoce insatisfacción con los traslados y la tendencia de la vivienda económica a crecer hacia zonas periféricas como El Marqués.

Eso también termina afectando la seguridad. Porque una ciudad fragmentada no solo es más cara: también es más desigual, más cansada y más frágil. Casi la mitad de la población adulta en la ciudad de Querétaro dijo sentirse insegura al cierre de 2025.

Cuando la gente vive lejos, se mueve mal, paga de más y tiene menos espacio público de calidad, la ciudad deja de ser comunidad y empieza a parecer una suma de trayectos obligados.

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