Parece que, en México, necesitaban tener una presidenta para que por fin se empezara a hablar con seriedad de algo que durante años se quiso minimizar: el feminicidio no es un hecho aislado, es el fracaso acumulado de muchos años de omisiones.
La iniciativa federal para homologar la investigación y sanción del feminicidio no sólo es necesaria; llega tarde para miles de mujeres que no encontraron protección cuando todavía estaban a tiempo de ser protegidas, y eso también nos obliga a mirar otro tema que casi siempre se deja fuera de la conversación pública: la salud mental.
Porque cuando un joven asesina a dos mujeres, como ocurrió recientemente y encendió la discusión nacional, no estamos frente a un “caso extraño” o una “tragedia individual”. Estamos frente a algo mucho más profundo: una falla social e institucional que nadie quiso ver antes de que fuera irreversible. Y si somos honestos, en Querétaro también estamos dejando crecer demasiadas señales de alerta.
Les gusta vendernos la idea de una ciudad con “orden y rumbo”, moderna y próspera, pero la realidad de todos los días cuenta otra historia. Una historia donde ya no alcanza la tranquilidad, donde las mujeres vivimos con miedo y donde miles de jóvenes están creciendo bajo una presión emocional que no deberían vivir. En Querétaro, muchas familias viven con una mezcla silenciosa de ansiedad, cansancio, soledad, estrés económico y miedo. Y eso es lo verdaderamente preocupante
Porque la salud mental no empieza en el consultorio, empieza en la casa donde el dinero ya no alcanza. En la colonia, en el barrio donde no te sientes segura. En el trayecto a su casa, a su trabajo, a la escuela, donde una mujer “tiene que aprender” a caminar con miedo. En las juventudes que no encuentran espacios que los escuchen, no encuentran apoyos, contención ni futuro.
Durante mucho tiempo se nos enseñó a separar los problemas como si no tuvieran relación entre sí. Como si el feminicidio fuera un tema “de seguridad”, y la salud mental un tema “personal”. Pero no es así. Todo está conectado.
Una ciudad que normaliza la violencia contra las mujeres incuba un trauma social, una ciudad que abandona emocionalmente a sus juventudes está dejando que el dolor, la frustración y la descomposición crezcan sin prevención. Y por eso el debate que hoy abre el país debe trabajarse en cada una de las entidades, en nuestro Querétaro. No basta con indignarnos cuando ya ocurrió lo peor, no basta con reaccionar cuando una mujer fue asesinada o cuando una familia ya fue destruida. La prevención tiene que empezar mucho antes de que las tragedias “conmuevan” a nuestras autoridades.
¿De qué sirve condenar desde una silla? Hablar de salud mental como política pública, no como lujo, es lo que se debe hacer para prevenir. Atención psicológica accesible, protocolos reales en escuelas, acompañamiento comunitario, detectar señales de violencia antes de que se conviertan en tragedia, sobre todo, entender que cuidar a las mujeres también es cuidar el entorno emocional y social en el que viven.
Porque si una ciudad presume desarrollo, pero no puede garantizar que sus mujeres vivan seguras ni que sus jóvenes reciban atención emocional, entonces no está avanzando, está administrando una crisis y tarde o temprano, los resultados serán brutales.
Querétaro necesita dejar de hablar sólo de crecimiento y empezar a hablar de cuidado y protección, de las mujeres, de las juventudes…
























