Apenas la semana pasada, el 24 de febrero, en su accidentado mensaje al congreso sobre el Estado de la nación, Donald Trump presumió que había detenido 8 guerras en sus primeros diez meses como presidente de Estados Unidos. Antes de una semana de ese mensaje, sin aprobación del congreso ni consenso de las Naciones Unidas, Trump se lanza a una guerra contra Irán, de proporciones incalculables. A poco más de 12 meses como presidente, se le “olvidó” la serie de guerras que supuestamente detuvo.
Al momento de escribir estas líneas existe muchísima desinformación y confusión sobre varios hechos concretos de ese conflicto, como los ataques iraníes a un portaviones norteamericano y a la central nuclear israelí de Natanz: pueden ser parte de la guerra de propaganda o actos reales, aún no es posible ni confirmarlos ni desmentirlos.
Lo que sí es un hecho es el descabezamiento de la cúpula militar y de gobierno de Irán. Ha muerto el ayatola Khamenei, líder supremo de Irán desde 1989; el ministro de defensa, el comandante del ejército, el jefe del staff general; en total 7 de los más altos líderes de seguridad iraníes y 40 altos comandantes. Pese a lo demoledor, el ataque que terminó con la vida de estos dirigentes no implica que Irán haya quedado descabezado ni que haya quedado a merced de sus dos atacantes; en realidad les ha funcionado la estrategia de dispersar sus misiles, sus bases de lanzamiento y sus laboratorios de enriquecimiento de uranio.
Tras el ataque, Irán ha cerrado la parte que le corresponde de la Ruta de la Seda, el camino estratégico de China para desplazar bienes, servicios e influencia sobre Asia y Europa. No hay que olvidar que el 90% de las exportaciones petroleras de Irán van a China, lo que habla de un evidente interés de involucrar a los chinos en el conflicto, sobre todo por la dependencia iraní a muchos bienes chinos, en especial maquinaria y electrónica.
Pero también los iraníes han dispersado sus objetivos: ha atacado varios países, entre ellos Chipre, Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Bahrein, que aloja el cuartel general de la 5a. flota de Estados Unidos. Esta estrategia no les favorece en nada y en pocos días se definirá el futuro inmediato de la región.
El otro conflicto bélico, del que se habla mucho menos, pero que no es menos real, es el que escenifican Afganistán y Pakistán. Los talibanes, de Afganistán, son un grupo político-religioso muy extremista, que se han hecho del poder; son aún más radicales que los ayatolas iraníes, pero son de una corriente islámica distinta, la sunnita. Lo contrastante de este conflicto es que el gobierno pakistaní apoyó a los talibanes y ahora enfrentan una actitud completamente hostil.
El prototipo de líder afgano es Hamid Karzai, presidente de 2004 a 2014, que se alió y recibió dinero lo mismo de los norteamericanos, que de Irán y de Pakistán, permitió la corrupción rampante y el narcotráfico en gran escala. Sería el modelo ideal de cualquier político de Morena.
Los enfrentamientos entre ambos países son viejos y continuarán, pese a la superioridad pakistaní.
Maestro en Administración Militar para la Seguridad y Defensa Nacionales