Abigaíl Arredondo

El péndulo de la política

El triunfo parcial de Flávio Bolsonaro en la primera vuelta presidencial de Brasil este fin de semana es, a mi juicio, mucho más que un episodio local, es el reflejo de que la política en América Latina está entrando a un momento cíclico de retorno hacía gobiernos de derecha.

La mayor potencia de América Latina vuelve a expresar en las urnas el cansancio con un gobierno de izquierda y se suma al desplazamiento conservador que recorre el continente en favor de posturas, igual de radicales, pero inclinadas a gobiernos más libertarios, al punto que, de consolidarse ese triunfo, todo el mapa sudamericano se vestirá de gobiernos derechistas.

No interpreto este resultado como una conversión ideológica definitiva. Lo veo, ante todo, como una reacción al desencanto. Durante años, la izquierda representó la esperanza de sociedades cansadas de la desigualdad y del abandono. Prometió cercanía con la gente, justicia social y una nueva forma de ejercer el poder. Sin embargo, en muchos casos terminó atrapada en sus propias contradicciones: defendió causas legítimas, pero no siempre consiguió convertirlas en gobiernos eficaces; habló en nombre del pueblo, pero con frecuencia se alejó de sus preocupaciones cotidianas.

Algo está claro, cuando la ciudadanía deja de encontrar respuestas, busca una alternativa, aunque esa alternativa sea principalmente la negación de lo anterior.

El resultado brasileño refleja ese voto de inconformidad. No demuestra que la región haya renunciado a la igualdad ni que prefiera sociedades indiferentes al sufrimiento de los más vulnerables. Demuestra que las buenas intenciones dejan de ser suficientes cuando no se traducen en seguridad, oportunidades, servicios públicos y confianza institucional.

Ante la frustración, las promesas de orden, firmeza y libertad económica adquieren un atractivo comprensible. El riesgo aparece cuando el rechazo a la izquierda se convierte en un cheque en blanco para desmontar derechos, debilitar al Estado o suponer que el mercado resolverá por sí solo aquello que la política no supo atender.

Por eso me parece equivocado presentar la posible victoria definitiva de Bolsonaro como la confirmación de que la derecha posee todas las respuestas.

Si bien la izquierda no tiene el monopolio de la sensibilidad social, así como la derecha no tiene el de la responsabilidad económica, también lo es que una puede caer en el intervencionismo, el clientelismo y la concentración del poder; y la otra, en la indiferencia frente a la desigualdad. Ambas corrientes suelen presentarse como soluciones completas, pero su enfrentamiento permanente impide construir acuerdos duraderos. Cada nuevo gobierno pretende borrar al anterior y la región vuelve a empezar una y otra vez.

Por ello, estoy convencida de que la salida se encuentra en una opción neutral, más de centro, capaz de conciliar lo que la polarización pretende separar.

El Estado debe garantizar derechos, corregir desigualdades y proteger a quienes se encuentran en desventaja, pero también debe actuar con responsabilidad, transparencia y respeto por las instituciones. El mercado puede impulsar la iniciativa, la inversión y el empleo, pero necesita reglas que impidan abusos y aseguren que la prosperidad tenga una dimensión colectiva

En México esa opción está en el PRI, quien puede reivindicar esa vocación de equilibrio. Su tradición política le permite presentarse como una fuerza capaz de armonizar estabilidad, desarrollo, libertad y justicia social. La verdadera transformación comenzará cuando dejemos de elegir gobiernos para castigar al bando contrario y exijamos proyectos que integren libertad, igualdad y responsabilidad, proyectos como el que propone del PRI.

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