México está a punto de perder algo que nos tomó décadas construir: la certificación de país libre de sarampión. No se trata de un trámite administrativo ni de una estadística aislada. Se trata de una conquista colectiva que salvó miles de vidas y que hoy está en riesgo por la incapacidad de un gobierno que no supo ni quiso cuidar lo más valioso: la salud de su gente.
El sarampión no debería ser noticia en 2026. Era una enfermedad prácticamente erradicada, controlada gracias a campañas de vacunación constantes, responsables y bien planeadas. Hoy, lamentablemente, vuelve a circular, y no vuelve por azar, vuelve porque el Estado falló, en 2025 se confirmaron más de 6 mil 400 casos y 24 muertes totalmente evitables. En 2026, la cuenta sigue subiendo, detrás de cada número hay un niño enfermo, una familia angustiada y una madre preguntándose por qué no había vacunas cuando más se necesitaban.
Los más afectados son los más indefensos: niñas y niños de 1 a 4 años. Ellos no votan, no protestan y no se defienden solos. Dependen de adultos responsables y de gobiernos que entiendan que prevenir es gobernar; pero la Cuarta Transformación decidió desmontar lo que sí funcionaba, improvisar donde se requería experiencia y apostar a la ocurrencia en lugar de la evidencia científica.
Esto no es una “racha”, ni una exageración de la oposición, es un retroceso de más de 30 años en salud pública, 3 decadas de esfuerzo, compromiso, y trabajo cercano a la población, desgraciadamente se van en un chistar de dedos. México pasó de ser ejemplo regional a compararse con países que enfrentan crisis extremas de vacunación infantil. No por falta de recursos, sino por falta de capacidad. Morena logró lo impensable: normalizar el fracaso y llamar “herencia del pasado” a su propia incompetencia, una costumbre que se ha hecho frecuente en estós últimos 7 años de gobiernos de la 4T.
El desabasto de vacunas no fue un error técnico ni una falla menor. Fue consecuencia de malas decisiones y, peor aún, de corrupción. Mientras clínicas y centros de salud estaban vacíos, se detectaron contratos con sobreprecios de hasta 800%, empresas fantasma y redes de familiares ligados al poder durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Se privilegió el negocio sobre la vida. Se hizo política con la salud pública.
Cuando hay corrupción, la tragedia no es natural, es provocada. Cada vacuna que no llegó a tiempo es una responsabilidad directa del gobierno. Cada muerte evitable es una mancha que no se borra con discursos mañaneros ni con propaganda.
Gobernar no es culpar, es resolver. Gobernar no es dividir, es proteger. Hoy más que nunca, el gobierno federal tiene la obligación de trabajar el doble, de reconstruir el sistema de vacunación, de garantizar abasto, transparencia y cobertura total. No hay excusas cuando se trata de la vida. Jugar con las vacunas es jugar con el futuro.
