Viven Domingo de Ramos, a pesar del riesgo de contagio del Covid-19

Pese a pandemia, fieles católicos no dejaron de asistir ayer a los templos, en el inicio de la Semana Santa

Viven Domingo de Ramos, a pesar del riesgo de contagio del Covid-19
Foto: Mitzi Olvera
Nuestras Historias 29/03/2021 04:34 Domingo Valdez Actualizada 11:37

Santiago de Querétaro, Qro.

Los fieles no faltan a la cita. Este Domingo de Ramos los católicos acuden a los templos para dar inicio a la conmemoración de la Semana Santa de este 2021.

Aunque el aforo a los templos es limitado, los feligreses llegan en un número considerable, con la esperanza de escuchar la misa, algo que en estos tiempos de pandemia para muchos de ellos sirva de consuelo ante la pérdidas sufridas en el último año.

Los distintos templos del primer cuadro queretano abren sus puertas a los fieles que llegan para las misas de mediodía.

En el templo de La Cruz, uno de los más visitados, los fieles acuden en masa. El acceso es limitado. No se permite que nadie más entre. Quienes no llegan a tiempo para ingresar escuchan y participan en la misa desde afuera del templo. No hay impedimentos para la fe.

También afuera, en el atrio, dos mujeres venden palmas, aunque de manera “clandestina”, pues no les dieron permiso de ofrecer su producto en el lugar. Hacen las ventas mientras voltean de un lado a otro, y se mueven. No tienen su mercancía en el piso, la tienen en las manos, por si se tienen que mover de manera rápida para evitar a la autoridad.

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En tanto, La Congregación registra menos aforo de feligreses. Al interior del templo los lugares en las bancas se distribuyen para mantener la sana distancia.

Todas las bancas lucen ocupadas, pero sólo por dos personas y a la siguiente una. Entre cada persona hay poco más de un metro y medio de distancia.

En el atrio si hay algunos vendedores de palmas, quienes fueron autorizados por los curas del templo. No son más de seis.

Gabriela vende por tradición palmas. “He estado trabajando desde chica. Todos esto [de elaborar palmas] lo aprendí por mis papás. Tenemos aquí nuestro lugar en La Congregación”, narra la mujer mientras no deja de tejer una palma.

Señala que las ventas no han sido las de otros años. El año pasado no salieron a vender, pues por la contingencia sanitaria causada por el Covid-19, los templos estaban cerrados y ellos, por lo tanto, no tendrían ventas.

“Este año está tranquilo porque así como está lo de la contingencia hay mucha gente que no ha salido. Luego hay unos que ven las palmas y se acuerda que es Domingo de Ramos. Como que todos nos perdimos de las fechas”, afirma.

Sí, las ventas han bajado más de la mitad. “En años anteriores, cuando se empezaba a hacer la bendición los ramos se llenaba todo esta parte [el atrio] de La Congregación. Hay menos gente”, comenta.

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Dice que en otras iglesias no permitieron la venta de palmas, pero en La Congregación no es el caso, pues los padres dieron permiso para que los comerciantes, como Gabriela, quien es originaria de Amealco de Bonfil, pudiera vender palmas y llevar el sustento a su casa.

Todos los comerciantes que se colocan en el templo son conocidos, pues venden año tras año.

Los vendedores tejen cruces y palmas, al igual que lo hace Gabriela. Elaboran sus productos. Lo hacen bajo el sol, sentados en las escaleras que dan acceso al atrio. Las personas que llegan a misa se detienen. Preguntan los precios de las palmas. Compran una o dos piezas. Aunque no hay tanta afluencia a los templos, los comerciantes agradecen las pocas ventas que logran.

En otro templo, el de San Francisco, la misa es a puerta cerrada, para evitar que la feligresía entre sin control al recinto religioso. Como en los otros templos, mujeres laicas ayudan a controlar el acceso de personas.

Primero, antes de que los fieles que esperan en la calle ingresen, se permite la salida de quienes ya participaron en la Eucaristía.

Antes de acceder al templo reciben gel antibacterial y se desinfectan los pies en los tapetes puestos en la puerta.

Los vendedores de palmas en este lugar están ausentes. Se camuflan con el resto de vendedores de artesanías que ocupan el andador 5 de Mayo. Hasta ahí llegan los fieles a comprar sus palmas para bendecirlas.

Una mujer llega hasta el templo. Observa la fila de personas que esperan la entrada. Se preocupa, pues cree que no podrá ingresar y participar en la Eucaristía. “Hace un año no pudimos participar porque estaban cerradas las iglesias por la pandemia, pero ahora todos quieren ir a misa”, asevera.

Unos segundos después busca palmas, su intención es comprar una. Lo hace con una comerciante de 5 de Mayo.

Algunos de los fieles quieren pasar sin formarse. Son detenidos por las mujeres voluntarias que les dicen que deben formarse, como el resto de los devotos que esperan su turno para entrar. Muchos de ellos no podrán entrar hasta la siguiente misa.

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El templo se llena hasta el máximo aforo permitido por las autoridades sanitarias en unos cuantos minutos.

Se cierran las puertas y la Eucaristía comienza. El templo de San Francisco permanece en silencio. Los feligreses, tras los cubrebocas esperan el inicio de la misa. Todos los espacios del templo se usan para recibir fieles.

Un salón a un costado de la nave principal también es utilizado para que los fieles puedan presenciar, a través de una pantalla, la ceremonia litúrgica.

Al final de la misa, el sacerdote pide a los fieles acercarse a quienes van a bendecir las palmas que llevan.

Se acercan al altar, donde las mujeres voluntarias les piden que guarden la sana distancia. Por momentos la gente se agolpa, quieren estar lo más cerca del padre que bendice a los presentes.

La misa termina y afuera ya están a la espera de ingresar un centenar de personas que han esperado para acudir a su ceremonia, movidas por la fe, en un año donde ha sido puesta a prueba.

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