Samuel Gurría Vigueras, originario de San Pedrito Peñuelas, conoció la gloria... Y también el infierno. Seleccionado estatal de lucha grecorromana, con un palmarés triunfador, pero algo pasó en su vida: Se “enganchó” con sustancias ilícitas, tocó fondo. Pero la fe y la confianza en sí mismo lo han sacado adelante. Ahora enseña lucha a niños y jóvenes, no sólo en el tapete, también en la vida.
Desde que tenía nueve años, Samuel se interesó en la lucha olímpica. Dice que siempre fue un niño hiperactivo, el futbol como deporte no alcanzaba a satisfacer su ímpetu. Narra que el profesor Héctor Jiménez lo descubrió en el parque Querétaro 2000, un día que él estaba brincando y “dando maromas”. “Llegó el profe y me dijo si quería practicar la lucha porque me veía dones y cualidades para ser un gran deportista”, narra.
Samuel habla en La Perrera, gimnasio de lucha que abrió tras su regreso a Querétaro, luego de su periplo, donde descubrió a Dios y se descubrió a sí mismo. Ahí recuerda que su madre estuvo de acuerdo en que entrenara luchas, pues estaba buscando un deporte que le diera la talla.
“Entonces, conocí la lucha. Me enamoré desde el primer día. Y desde los nueve años, hasta mis 18, estuve como seleccionado nacional. Fui a Panamericanos, fui campeón de Olimpiada cinco años seguidos... Una eminencia en el deporte aquí en Querétaro a nivel Olimpiada Nacional. Y ahí fue cuando me descarrilé un poquito, me fui al CNAR (Centro Nacional de Desarrollo de Talentos Deportivos y Alto Rendimiento).
“Aquí tuvimos un problema con los Olvera, abusos y eso. En ese tiempo las mamás que estaban, incluyendo la mía, nos sacaron. Y en ese lapso me fui a vivir al CNAR”, recuerda.
Dice que en aquel entonces fue seleccionado nacional para los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011, pero no fue al Mundial de lucha.
Reconoce que haberse ido al CNAR solo, tener becas y contar con cierto poder adquisitivo para mi edad —algo que no era del todo normal—, sin alguien que lo cuidara, fue un error.
“Era el deportista más grande [de edad] de los que nos fuimos, de todos los chavos. Estaba a cargo de ellos. Y ahí fue donde, en vez de cuidar el ambiente y todo eso, yo salía los viernes, los fines de semana. Empecé a cotorrear con gente con la que no tenía que platicar.
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“No di el peso en una clasificación para un Panamericano y me suspendieron. Me suspendieron un año o dos de lucha. Entonces, en vez de haber agarrado el camino y seguir entrenando… Hubo un rato donde troné, me agüité. Y en ese lapso empecé a conocer igual [mala gente]. Ya venía con “la fiesta” de allá de la CDMX, un niño de 18, 19 años”, abunda.
Eso lo decepcionó y no quiso regresar a entrenar. Su entrenador, Juan Carlos Linares, lo buscaba, iba a su barrio para convencerlo de regresar. Le ofreció entrenarlo, inscribirlo a una escuela, pero ya tenía problemas de alcoholismo y drogadicción. Aceptar la ayuda en esas condiciones, dice, es más difícil.
“De mis 18 a mis 24 años fue donde sí fue en declive mi vida en muchos aspectos. Recorrí todo el sur y todo el norte, pero me iba de ride en los tráileres. Pedía dinero, estaba en el semáforo, trabajaba de payasito, era malabarista. Pues lo que fuera para que diera de comer. Estaba haciendo mis primeros pininos de lo que realmente en la vida me esperaba”, destaca.
Se anexó, pero reconoce que eso no le sirvió de nada. Luego estuvo en otro anexo, con perfil religioso, donde estuvo bien un par de meses, pero “cuando andas en la maldad ya no sales”.
Después de estar en Querétaro por un tiempo, pero para evitarle problemas a su familia por las adicciones, se metió en cosas negativas, se fue al norte del país. “Entonces me fui a Tijuana como para relajarme, primero fui a Monterrey, estuve viviendo ahí un mes y medio, dos, luego a Sinaloa, Sonora, después a Tijuana. Lamentablemente conocí el cristal, la metanfetamina, en Sinaloa, y de ahí como que ya no pude salir”, añade.
En Tijuana ya había tenido dos sobredosis, de las cuales había logrado salir. Pero en la tercera, narra, encontró a Dios.
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“Encontré a Diosito, se me apareció y me dio otra oportunidad y después de tres días de eso, que se me apareció Diosito, me dejé de drogar. O sea, te lo podría explicar, pero es tan impresionante”.
Tras esa experiencia, decidió regresar a Querétaro, “pero el demonio no quería regresar”. Lo logró, buscó a sus hermanos que le tendieron la mano, lo ayudaron a rehabilitarse, lo arroparon, no lo dejaron solo.
La vida de Samuel cambió. Regresó al deporte, a las competencias que volvió a ganar, pero ahora le interesa más enseñar, alejarse del deporte institucional, hacerlo por su cuenta, a su manera. Estudió Nutrición, ingresó a la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), de la cual se dio de baja tiempo después. Abrió La Perrera, para enseñar a niños y jóvenes la lucha, la disciplina, y que no caigan en las drogas, en las adicciones.
“Lo que le digo a mis alumnos es que eres primero persona, segundo deportista.
“¿A mí de qué me sirve que seas bien cabrón en el deporte si eres una mala persona afuera en tu mundo? Aquí quiero primero escuela, primero en tu familia que estés bien. Porque si tú no estás bien, no lo estarás con tu entorno, con lo demás, con los demás”, puntualiza.