En una casa en la calle Felipe Luna, a media cuadra del Templo de la Cruz, Roberto Matías platica que rentó una casa en la cual sucedían “cosas extrañas e inexplicables.

“Vecinos me contaron que los inquilinos anteriores se quejaban porque sucedían cosas extrañas, pareciera que al fantasma le gusta abrir las puertas”.

Explica que principalmente el fenómeno se da por las noches, “acostumbro cerrar la puerta de la cocina y las recamaras y eso lo hacía todos los días; más tardaba en cerrar la puerta, [y] en cuestión de minutos me volvía a encontrar la puerta abierta de par en par, eso me desesperó en principio, pero después me dijeron que había un fantasma y eso me alarmó”.

Sus vecinos le revelaron que ahí se suicidó un joven al que no dejaban salir sus papás a divertirse con sus amistades, situación que le habría provocado una desesperación emocional, “por eso cuentan que ahí hay un alma en pena que anhela la libertad y lo manifiesta abriendo las puertas que sus papás le cerraban en vida para no dejarlo salir a divertirse”, platica.

“Debo de reconocer que nunca vi a ese fantasma, nunca me espantaron, sino que era una situación que me provocaba enojo e incomodidad, pues yo cerraba las puertas por muchos factores, entre ellos para evitar la entrada de moscos o evitar que entrara el frío, pero algo sucedía y manera inexplicable se volvía abrir, ese fue el motivo por el que me cambié de domicilio”.

Caminan en la azotea

Martín Montiel vivió un corto periodo en la calle de Mariano Escobedo, también en el Centro Histórico, a unos metros de la Iglesia de Santana, en el tradicional barrio del mismo nombre. Cuenta que en las noches, casi todos los días, se escuchaban pasos en la azotea.

“Parecía que correteaban a alguien, era desesperante, porque sentía que se metían a robar, además de que no dejaban dormir esos ruidos”.

Añade que varias ocasiones subió para ver qué pasaba y no encontró nada: “allá arriba, en la azotea, todo estaba en orden, no había nada, pero después de bajar de la azotea se volvían a escuchar los pasos”.

Agrega que nunca supo qué pasaba en su azotea, “incluso en una ocasión llamé a la policía y les conté que creía yo que alguien se metían a mi domicilio para jugarme la broma o maldad intencional de no dejarme dormir, ellos fueron, subieron al lugar, pero no encontraron nada, todo era inexplicable para mí y mi familia”, relata.

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