La sordera no les creó un límite, las hizo más fuertes

Isabel y Guadalupe han encontrado en Querétaro mayor inclusión para las personas con esta discapacidad
La sordera no les creó un límite, las hizo más fuertes
Foto: Mitzi Olvera
03/12/2019
10:01
Domingo Valdez
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María Isabel y María Guadalupe Centena López no se detienen ante nada, dice su mamá, Eulalia López Rocha. Las gemelas son sordas, a sus 18 años tienen sueños, como acabar sus carreras profesionales y participar en los Juegos Paralímpicos, pues ambas son atletas de alto rendimiento.

La madre de María Isabel explica que la sordera se las diagnosticaron hasta los tres años, pues ella no sabía que sus hijas padecían esta discapacidad. Se dio cuenta de ello porque no hablaban a los tres años.

Eulalia dice que en un principio fue un año de mucha presión, de tristeza, de aceptación. “A los cinco años ingresan a una escuela para sordos, en la Ciudad de México. Es una escuela especial para puros niños en esta condición. Después ingresan a una secundaria de inclusión, también en la capital del país, y hace cuatro años, en el inicio del nivel preparatoria decidimos emigrar a Querétaro”, comenta la madre de las gemelas.

Apunta que en la capital del país les había costado mucho encontrar escuelas. En Querétaro supieron que se había abierto un nuevo proyecto para el nivel preparatoria, que es lo que falta en la Ciudad de México. “Pienso que Querétaro va un paso adelante en cuanto inclusión para personas sordas”, argumenta.

Recuerda que tuvo que aprender el lenguaje de señas mexicano, aunque por practicar todos los días con ellas lo ha perfeccionado.

“Al principio es muy difícil. Es como aprender otro idioma. A mi me costó un poco. Hasta la cabeza me dolía”, asevera.

Dice que los días con sus hijas son como los de cualquier chica de su edad. “Hacen berrinches, se enojan. Me acuerdo cuando estaban en la adolescencia a Isabel le daba por enojarse mucho, y Lupita lloraba y lloraba. Normales. Todo el desarrollo normal”, asegura.

Actualmente ambas están en la universidad. En el caso de Isabel estudia en la Universidad Politécnica de Santa Rosa Jáuregui, en la carrera de Animación y Efectos Visuales.

Lupita está en la Universidad Marista. Eulalia destaca que es el primer año que esa universidad apuesta por la inclusión y está muy contenta en esa institución, donde ya ha terminado con éxito el primer semestre.

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Mientras Eulalia platica, las dos chicas observan a lo lejos y toman una fotografía. Luego la observan, mientras que una amiga de la familia las cuida a la distancia. Las acompaña y reconoce que Eulalia es muy buena para el lenguaje de señas, que tienen gran capacidad para entender y comunicarse con sus hijas.

“Siempre he buscando el bienestar de mis hijas. Es por eso que estoy aquí. Inclusive cuando ellas iban a la primaria, en el kinder, nos hacíamos tres horas de camino, de la casa a la escuela, y tres horas de regreso de la escuela a la casa. No me importaban las distancias, con tal de que ellas aprendieran y se desarrollen”, abunda.

Destaca que esa escuela donde estudiaron les dio mucha seguridad e identidad y eso se ve reflejado hasta la fecha, pues son chicas muy seguras y felices.

Aconseja a las familias que tienen a uno de sus integrantes con sordera que antes que nada los acepten y que aprendan el lenguaje de señas, para que se sientan acompañados y guiarlos.

Eulalia destaca que sus hijas son deportistas. Ambas practican atletismos y son seleccionadas nacionales. Participaron en una paralimpiada nacional en Colima recientemente, donde Isabel ganó tres medallas, dos de oro y una de bronce, mientras que Lupita ganó un oro y dos de platas. “Me siento orgullosa de que sean seleccionadas nacionales”, resalta.

El próximo año volverán a participar en la Paralimpiada Nacional y su sueño es asistir a unos Juegos Paralímpicos. Otra de sus metas es obtener sus títulos profesionales.

Eulalia dice que María Isabel y María Guadalupe la han ayudado a crecer como ser humano y como madre, pues aprende mucho de sus hijas, de sus ganas de destacar, de no limitarse, de desarrollarse.

“Me han ayudado mucho. Me han enseñado que no hay límites. Los límites los pone cada uno, pero para ellas no hay límites”, abunda.

Sobre el padre de las chicas, Eulalia comenta que se tuvieron que separar. Él trabaja en la Ciudad de México y ella se mudó con sus hijas. Casi no las visita. “Él se lo pierde”, dice Eulalia.

La mujer ve con orgullo a sus chicas. Comenta que son felices y nos las detiene nada ni nadie.

En México se estima que hay alrededor de dos millones de personas sordas, por diferentes razones. En el estado de Querétaro se estima que viven 14 mil personas con esta discapacidad.

Para su desarrollo hay diferentes escuelas y muchas más se suman año con año a la inclusión de personas con esta discapacidad.

María Isabel y María Guadalupe se despiden de su madre y su amiga. Las chicas deben de ir a la escuela, mientras que Eulalia debe atender otras actividades.

Las mujeres se despiden. Son una familia unida. Intercambian sonrisas y miradas. No hacen falta las palabras para comunicarse. Con esos gestos se dijeron todo.

 

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