“Me asusté mucho, pensé que nos íbamos a ahogar”, dice el pequeño Enrique de apenas 8 años de edad, mientras se aferra a las faldas de su abuela María Elena Mendoza, mujer de la tercera edad, casi ciega, hipertensa y diabética que, junto con sus tres nietos, abordó con dificultad la lancha en la que fueron rescatados de su propia casa, inundada casi en su totalidad, debido a las fuertes lluvias, al desbordamiento del río y al desfogue de las presas en San Juan del Río.

Pero no pasó nada mi amor, estamos bien”, responde la mujer, mientras se desplaza junto con su familia sobre el enorme flotador dirigido por elementos del Ejército Mexicano.

Ella, su familia y otra decena de personas viajan en el mismo bote para llegar a tierra firme, pues la colonia donde viven se encuentra anegada.

“Creyeron que íbamos a morir ahogados”, dicen en La Rueda
“Creyeron que íbamos a morir ahogados”, dicen en La Rueda

“Nos fue muy mal con la lluvía de ayer [sábado], la casa se inundó muchísimo, y cuando subimos a la lancha para salir de ahí, la lancha se volteó y todos nos caímos al agua, ahí perdí mi mochila con ropa y medicinas, mis nietos están muy asustados por eso, creyeron que nos íbamos a morir ahogados.

“Es la tercera vez que dejamos la casa por las lluvias, pero nunca habíamos tenido una situación tan grave como esta”, cuenta María Elena, mientras aprieta los ojos para distinguir las siluetas de sus tres nietos, de quien ella es responsable.

La mujer sostiene en sus manos un plato desechable con huevo y frijoles, y a diferencia de sus nietos, que comen tranquilamente sentados en la banqueta, ella no ha probado bocado, su esposo y una de sus nietas aún están en casa, y no estará tranquila hasta que la familia esté completa de nuevo.

Y es que la lluvía no ha dado tregua al fraccionamiento La Rueda, en San Juan del Río, donde cientos de personas han sido evacuadas de sus casas, por tercera ocasión en menos de 15 días. Las familias de esta zona abandonan sus hogares con unos pocos objetos personales empacados de prisa en mochilas y bolsas de plástico.

La única forma de salir de ahí es en lanchas inflables o de motor, pues el agua casi alcanza los 2 metros de altura. Los soldados, elementos de la Guardia Nacional y de Protección Civil coordinan las evacuaciones.

Las familias suben a las lanchas en silencio, apretando los labios para no llorar, pero los ojos rojos y cristalinos reflejan la devastación de mirar atrás y ver su casa enmohecida, inundada y en algunos casos, incluso saqueada por delincuentes que aprovechan estos días de devastación para la rapiña.

Al llegar a tierra firme, las familias bajan de las lanchas apretando fuertemente de la mano a los más chicos; otros viajan abrazados de sus perros, gatos y hasta jaulas con pájaros o hamsters, sus compañeros de vida.

En la orilla, varios perros callejeros, igualmente empapados y que han sido rescatados por los brigadistas, dan vueltas por el lugar, desesperados, sedientos, hambrientos y buscando al dueño perdido o algún trozo de comida en el suelo.

Los militares llevan un conteo de hombres, mujeres, niños y mascotas evacuadas de las zonas de inundación. Cada familia debe responder si necesita refugiarse en un albergue o si puede ir a la casa de algún familiar.

“Creyeron que íbamos a morir ahogados”, dicen en La Rueda
“Creyeron que íbamos a morir ahogados”, dicen en La Rueda

La Familia de Pablo Gabriel Hernández es una de las más numerosas en esta actividad de evacuación; el grupo es de al menos 10 integrantes entre tíos, hermanos, hijos, sobrinos, nietos y abuelos, ocupa una lancha completa y, aún así, la otra parte de la familia tuvo que esperar por un segundo viaje.

“La situación nunca había estado así de grave, el agua nunca había subido tanto, en nuestra casa tenemos pérdidas totales, nada se rescata, nada, pero con la ayuda de todos podremos salir adelante, tendremos que empezar de nuevo, pero lo vamos a lograr. Las autoridades han dicho que están comprometidos con nosotros, en ayudarnos, esperemos que sea sí, hay que confiar”, afirma el hombre.

“Nosotros tenemos niños muy chiquitos en nuestra familia, y como adultos nos escondemos para llorar, porque ellos deben vernos bien, su tranquilidad depende de nosotros, ellos se suben a la lancha y no saben lo que pasa, creen que todo esto es un juego”, comenta Gabriel.

Otras personas, como Josefina Montes, se toman las cosas con menos calma, y reprocha a las autoridades el mal manejo de esta contingencia, pues el día sábado dos de octubre les permitieron volver a sus casas, pero 10 horas después les pidieron prepararse nuevamente para dicha evacuación.

“Para qué nos dicen que podemos volver a nuestras casas si ya sabían que nos iban a sacar de nuevo, mejor que nos digan la verdad en lugar de traernos de un lado para otro, en vano volvimos para limpiar las casas, toda esa limpieza que hicimos un día antes, para nada”, comenta la enojada mujer.

Después de varias horas sin dormir, probablemente sin comer, y ante un escenario tan ensombrecido, las emociones de muchos están a flor de piel, por eso un grupo de personas casi lincha a un joven que fue sorprendido robando en varias casas que ya habían sido evacuadas; para su fortuna la policía llegó antes y los detuvo.

Y es por la delincuencia y los casos de saqueo ya registrados en la zona, que varios padres de familia deciden quedarse en casa, acampando en las azoteas, dispuestos a soportar las inclemencias del clima, para proteger el patrimonio familiar que a algunos todavía les queda.

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