La tarde cae. La luz del sol da paso a la penumbra y las luminarias públicas se encienden sobre la cancha de basquetbol donde una decena de menores entrenan lucha en Ratas voladoras wrestling, organización de luchas asociadas fundada por Omar Daniel Mondragón, Brenda, su hermana, y su amigo David Paniagua, en Rancho San Antonio, muy cerca de Bolaños y Puertas del Cielo, barrios catalogados como conflictivos, y en donde la lucha ofrece una alternativa a los chicos y alejarlos de conductas de riesgo.

Omar no considera que la fama de los barrios sea correcta, pues la gente del barrio es buena, igual que en cualquier otra parte de la ciudad de Querétaro. Muestra de ello es Sara Alitzel Robles Alcántara, luchadora que ha representado a Querétaro en competencias internacionales, y que es orgullosamente de Rancho San Antonio.

Afuera de la cancha donde entrenan tres hombres “matan” una bachita. En la entrada del deportivo, donde está la cancha de basquetbol y una cancha de futbol, una pareja hurga en un contenedor de basura. Sobre la puerta de acceso, una manta con la foto de Sara, presume su tercer lugar continental.

Ella es el mejor ejemplo de lo que puede hacerse con trabajo duro y dedicación. No sólo se trata de las luchas, dice Omar, quien también incursionó en las luchas asociadas en el pasado, representando al estado en competencias nacionales. Se trata de impactar vidas de manera positiva, de alejar a los niños y adolescentes de las adicciones y la violencia. Se trata de ofrecer una tabla de salvación.

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Sara, campeona nacional de lucha olímpica, recuerda que comenzó a entrenar en su barrio, en un terreno baldío que está cerca de las canchas, en un colchón con arena y aserrín, con una lona, llantas. Tenía apenas 11 años. Dice que se interesó en las luchas porque su hermano es amigo de Omar, su entrenador. “Abrió (la academia de lucha) en pandemia (2020), y mi hermano me dijo de la lucha. Para no estar en mi casa me dije: Vamos a ver. Al principio no me gustaba, la verdad. Se me hacía como muy aburrido, pues era desde cero. Aprender la acrobacia. Se me hacía muy aburrida la técnica. Pero empezamos a ir a la Copa Querétaro, y me empezó a gustar luchar, ganar y que me dijeran que era buena”, narra.

Su primer panamericano fue U15, en Panamá. Luego en Brasil, donde quedó en tercer lugar de la competencia.

Comenta que desde niña ha practicado algún deporte, pero nunca imaginó que llegaría a las instancias a las que lo hizo, menos en las luchas, pues no le gustaba el deporte. Al principio su mamá pensaba que entrenaba para no estar en casa, pero después demostró que lo hacía por gusto y era disciplinada. Ahora, su mamá y hermanos, principalmente Samuel, le dicen que siga adelante, que es buena en las luchas. Sus entrenadores le dicen lo mismo.

“Se siente un orgullo el decir que yo soy de barrio, que empecé de cero. Ratas voladoras son mi familia, Ratas voladoras empezaron desde nada. Es mucho orgullo que de nuestro barrio se escuche algo bueno, de la lucha, de mis compañeros, de Ratas, de nuestro barrio que es luchador, que siempre busca mejoras, que se hable algo bueno de nuestro barrio”, enfatiza.

Estudiante de cuarto semestre de preparatoria, Sara dice que su meta este año es volver a ser campeona nacional, ganar todos los selectivos, clasificar al Panamericano, y subir al podio, ganando un segundo o primer lugar, para poder ir al Mundial de lucha. También dice que quiere estudiar medicina, aunque reconoce que es muy difícil. “Eso he aprendido del deporte, que todo es difícil, pero no imposible”.

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En tanto, Omar Daniel Mondragón, entrenador de lucha olímpica, dice que el proyecto de Ratas voladoras nació hace cinco años, como una forma de combatir las conductas de riesgo en niños y adolescentes, sacarlos de malos hábitos y enseñarles la disciplina del deporte.

“A raíz de toda nuestra experiencia en la calle, en la vida… Se combinaron muchas cosas. Los valores de casa, nuestra etapa en la calle. Conocimos diferentes tipos de riesgos, porque al final son muchos los que uno vive en zonas vulnerables o marginadas, y a raíz de todo eso y a la pérdida de muchos amigos, a que muchos terminaron en las adicciones, en la cárcel, muchos están muertos. A raíz de todo decidimos iniciar un proyecto que fuera de aportación, porque siempre hemos dicho que nosotros somos solamente el conducto de un mensaje, porque Dios es el que puso esto, y a nosotros nos tocó ser parte de ese mensaje y traerlo hacia nuestro barrio. Por eso lo iniciamos y nos sentimos afortunados de ser parte de este mensaje”, subraya.

Omar fue luchador, pero se retiró justo cuando tenía 20 años, cuando iniciaba Ratas voladoras. También por ese tiempo se casó y tuvo a su primer hijo. Luego, entró a trabajar a una empresa donde aprendió muchas cosas que lo ayudaron a crecer como ser humano. “Nunca lo vi como un trabajo, más bien fue una etapa de aprendizaje”. Actualmente, Omar tiene una estética canina.

En Ratas voladoras ha llegado a entrenar hasta a 60 niños. Nunca ha dudado de que de este proyecto salgan más campeones para Querétaro, además de Sara. Incluso, su concepto ahora es replicado en Guatemala, para llevar la lucha olímpica a barrios de aquel país.

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