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#NuestrasHistorias. Vivencias que se entrelazan en albergue

Noel , Eduardo y Miguel se hospedan en Yimpathí

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Vivencias que se entrelazan en albergue En esta temporada decembrina, migrantes descansan en algún albergue del municipio. Los abusos que viven día con día en las calles los hacen buscar alguna estancia para poder estar seguros (RICARDO LUGO. EL UNIVERSAL)

Nuestras Historias 27/12/2017 04:23 Alma Gómez Actualizada 07:44

En la noche más concurrida hasta ahora durante el periodo invernal, el albergue municipal de nombre Yimpathi recibe a 215 viajeros. Esa noche coinciden Noel, Eduardo y Miguel; un migrante, un misionero y un adulto mayor que ya no tiene familia en Querétaro, ni en su estado natal Guanajuato.

A pesar de ser hombres distintos, con historias irrepetibles y provenir de diferentes lugares, los tres coinciden en el albergue Yimpathí y comparten la misma habitación, una exclusiva para personas con algún tipo de discapacidad.

En la planta baja del albergue se parten piñatas. El lugar se llena por un momento de risas y alboroto, los dulces y la fruta caen del cielo y chicos y grandes aprovechan la pequeña fiesta improvisada en el patio central.

Pero en la habitación, en un ambiente más privado e íntimo, los tres hombres comparten experiencias personales con los demás compañeros de recámara. Ha sido un día pesado, no tienen ánimos de participar en la fiesta, prefieren cenar, conversar y descansar.

Encuentro.

Noel tiene 40 años, no es la primera vez que visita el albergue Yimpathí u otros albergues en la República Mexicana. Es migrante originario de Honduras, camina auxiliado de muletas porque en uno de sus viajes el tren le cortó la pierna derecha.

Hace 24 años Noel Matamoros dejó su casa y su familia en busca del sueño americano y lo logró. Llegó a Estados Unidos donde trabajó por 12 años en una empresa que se dedica a la construcción. Después de unos años consiguió papeles y por un tiempo fue un ciudadano legal, hasta que un día extravió los documentos y la migra no le dio otra oportunidad. Fue deportado.

Cuando Noel iba de regreso a Honduras, durante su paso por el estado de Chiapas, en México, fue asaltado por los ‘maras salvatruchas’, le quitaron los únicos 20 pesos que traía en el bolsillo. Los maras enojados, lo lanzaron a las vías del tren y así fue cómo perdió su pierna. Por si fuera poco, los mismos individuos le dispararon en la cabeza, ahora Noel muestra con valentía una marca que se ubica a escasos dos centímetros de su ojo derecho.

“Fue un asalto de los maras salvatrucha, nosotros veníamos en el tren y ellos les quitan el dinero a todos los migrantes y como yo sólo traía 20 pesos, me pegaron un disparo en el ojo y me agarraron y me tiraron bajo los rieles del tren y ahí me agarró la pierna. Yo estuve a punto de la muerte, faltó poquito pa’ que me muriera”.

El ambiente se vuelve silencioso y discreto al escuchar las vivencias de Noel. “Todos tenemos dificultades en la vida”, dicen.

El silencio casi obligado en la habitación y las miradas profundas se interrumpen de vez en cuando por algún chiste local que se cuentan entre ellos.

“Es duro, después de estar bueno y sano un caso de estos es muy difícil porque la vida ya no es igual. En Honduras tengo mi hogar, mi esposa y mis tres hijas, pero siempre vuelvo a México porque me gusta este país, yo aquí pido limosna, para qué le voy a decir que no, eso es mejor que robar. Casi no me gusta andar en lugares como comedores públicos, a veces le hacen mala cara a uno, mejor pido limosna en la calle y eso la gente me lo da con mucho amor. Aquí en el albergue la verdad nos tratan bien, además está bonito y limpio el lugar.

“Hay gente de buen corazón en México, pero a veces los propios policías me han robado mi dinero. Aunque aquí en Querétaro no es así, me gusta esta ciudad, es bien bonita, la gente no es mala, los policías no son groseros, me han regalado para mi refrescos y ni siquiera me preguntan de dónde vengo”, cuenta Noel.

Atento a la conversación, Eduardo Flores, originario de Campeche, comparte que por más de 30 años trabajó en el área de cobranza en la empresa Financiera Independencia. Era tan bueno en su trabajo que lo ascendieron a gerente. Sin embargo, un día lo dejó todo para convertirse en misionero de la iglesia cristiana.

Predicar.

Hace año y medio que Eduardo comenzó con esta nueva vida, recorriendo el país predicando la palabra de Dios, pero hace un año, un accidente en motocicleta le dañó una de sus piernas, desde entonces no ha podido encontrar un trabajo estable, aunque continúa con su labor de predicar en asilos y hospitales.

“Me considero afortunado de acceder a un techo que nos proteja del frío, eso es una bendición, pero hay gente que es ingrata y se queja aún de estos lugares, como este albergue porque no están acostumbrados es recibir órdenes y cuando aquí les dicen cómo deben ser las cosas, se molestan.

“Iba yo a Ciudad Juárez como misionero de la iglesia cristiana, pero los recursos nada más me alcanzaron para llegar a Querétaro. Aquí empecé a trabajar de repartidor en una tienda de comida y a los 16 días de empezar a trabajar me accidenté en motocicleta, mi rodilla ahora no puede doblarse. Todos los días salgo a buscar empleo pero soy rechazado por mi lesión, tengo 57 años, no soy viejo, todavía puedo trabajar.

“Dejé todo porque el señor puso en mí un corazón de misionero, él me rescató de las drogas y el alcohol, por eso yo quiero ayudar a los demás”, cuenta Eduardo.

Refugio.

El más adormilado de los tres, ya acostado y cobijado, pero atento a la plática, es Miguel Francisco Olmos, uno de los asistentes frecuentes al Yimpathí, de 78 años y originario de Guanajuato, ahí vivió muchos años con su familia y después vivió con sus hermanos en la Ciudad de México, pero cuando todos fallecieron él viajó a Querétaro donde trabajó por tres años en el área de aseo público del ayuntamiento capitalino.

“Estos lugares están muy bien, porque a los que ya no tenemos familia como yo, nos dan una oportunidad de tener dónde dormir. Mis hermanos y mis padres murieron, ya no tengo a nadie, por eso me vine aquí a Querétaro desde hace 20 años”, cuenta el adulto mayor.

Ya al final de la tertulia, los hombres notan que son más de las 10 de la noche, casi todos los dormitorios tienen las luces apagadas, excepto su habitación, la única en la planta baja y con una rampa para las personas que usan sillas de ruedas.

A esa hora todavía llegan familias al albergue, mientras los trabajadores del lugar barren el patio, limpian la cocina y revisan que todo esté en orden. Las personas que vuelven por la mañana se encargan principalmente de la limpieza, lavar la cocina, los baños, las regaderas y la ropa de cama.

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