Sobrepeso: esos kilitos de más; esa pancita que sobresale y que, dicen los que la portan con orgullo, no hay mejor momento que cuando es liberada de la presión del cinturón al llegar a casa, sensación que alguien delgado no podría describir.

Sin embargo, más allá de un fin estético, cuidar el peso para quienes sufren el incremento de kilos con facilidad es cuestión de salud.

Ismael, a punto de cumplir 44 años, dice de pequeño “era un bodoque”, pero conforme creció aprendió a no tener problemas con su apariencia.

Durante su adolescencia y en la preparatoria no tuvo problemas de peso, por el crecimiento; pero fue en el transcurso de la universidad que vio aumentar su talla poco a poco, aunque nunca lo consideró algo grave. Su vida y sus relaciones nunca se vieron afectadas por su apariencia.

“Como dicen por ahí, siempre tuve bonita letra y fui simpático”, asegura entre risas, para romper con la idea, casi mito, de que las personas con sobrepeso batallan para encontrar pareja.

“Mi apariencia no fue un problema, tuve novias como cualquier otro, muchas eran muy delgaditas y nunca mostraron tener problema con mi peso”, agregó con mayor seriedad.

Como otros, él sabe, desde hace mucho, lo que son las dietas. La primera vez que hizo una fue por solidaridad. “Fue cuando le diagnosticaron diabetes a mi papá y le cambiaron su alimentación, pero como él no la quería seguir, al decir que no servía de nada, todos en la casa nos propusimos cambiar nuestra dieta y funcionó. Semanas más tarde la mayoría habíamos bajado de talla y al verlo mi padre comenzó a cuidar su alimentación”, recordó.

Lo cierto es que no hay dieta que dure cien años, ni un amante del buen comer que la aguante: “Desde aquella vez, un día a la semana, los viernes regularmente, iba por unos tacos y mi refresco, siempre que he hecho una dieta me doy un día libre para el antojo”.

Actualmente, con varios años de casado y padre de una hija, reveló que su peso varía entre la talla 36 y 34 de cintura; aceptó que no visita la báscula con regularidad, entonces, los pantalones funcionan como su medidor.

“Apenas empecé a bajar de peso, porque los tres meses pasados, con tanta cena y reuniones, sí me di cuenta que aumenté de peso, por lo que ya quise cuidar mi alimentación”.

Entre las adecuaciones que ha hecho en su dieta diaria, cuenta que ha dejado de comer tortilla y pan, además, evita las carnes rojas, lo más que se puede, e ingiere más agua, en lugar de bebidas gasificadas o procesadas.

“Trato de cuidarme por salud, más allá del fin estético. Si antes no tuve problemas por mi peso ahora tampoco, sólo que lo hago por mi hija, para que tenga también un buen ejemplo de alimentación, salimos a andar en bicicleta, para que tenga el hábito del deporte y sepa que es importante cuidarse desde ahora que es pequeña y así yo también evito cansarme pronto o agitarme de más”, comparte.

Es así como Ismael hace frente a una problemática que actualmente afecta a un gran porcentaje de la población en el estado, una consciencia que asume aunque su peso nunca fue factor que afectara su vida diaria, solo que ahora cuidar su salud es una prioridad, más cuando existe antecedente de diabetes en su familia.

Pese al antecedente no pierde el humor, pues afirmó que “una persona delgada nunca podrá saber lo que se siente desabrochar el cinturón al llegar a casa, esa sensación es única”.

“Uno se cuida cuando se puede”. También hay casos de personas que, aunque exista en ellas una consciencia de las complicaciones en la salud que se desatan a partir del sobrepeso, como enfermedades crónicas que al no tratarse afectan severamente, la necesidad y el trabajo obligan que el cuidado de su peso, por más que se quiera, sea muy poco.

Ese es el caso de Martín, quien se desempeña como chofer de un taxi tradicional. Trabaja en el turno vespertino-nocturno pues su jornada inicia a las 17:00 horas y acaba a las 5:00 de la madrugada del día siguiente, un horario al que se adaptó desde hace seis años, cuando le dieron a trabajar la unidad de transporte público.

Apenas va a llegar a los 40 años, casado y con dos hijos, uno de 11 y otro de 7 años, pero las necesidades en casa han hecho que se adapte a la vida nocturna: “Definitivamente todo cambia, la forma de comer, de descansar, estar de un lado a otro. Se dificulta mucho tratar de mantener un régimen alimenticio, los tacos, las hamburguesas que se encuentran en el camino o donde hay un chance es lo que ceno, por ahí de las nueve de la noche, para seguir la jornada”.

Antes de convertirse en chofer, trabajó como empleado en una empresa dedicada al ramo automotriz y de venta de refacciones, pero con el paso de los años y el crecimiento de la familia, vio que el sueldo ya no alcanzaba.

El cambio de oficio mejoró un poco su ingreso económico; pero, con el paso de los años, atestigua que el desorden alimenticio le ha cobrado factura con algunos kilos de más. Costo que consideró necesario, pues la prioridad es que en casa no falte sustento. Incluso, recuerda que llegó a ser talla 31 de pantalón, antes de ser ruletero.

Ahora su realidad es diferente: “Por más que uno quiera no siempre te puedes cuidar. Se come donde te agarra el hambre hasta fuera del horario laboral porque, aunque trato de comer en casa antes de salir a trabajar, no faltan los días en que hay que salir antes de mediodía por algún trámite, juntas en la escuela y todo eso, que provoca que termines comprando un antojito”.

Durante un día de trabajo, que son 12 horas detrás del volante, Martín aceptó que otra de las cosas que le afectan es pasar tanto tiempo sentado, por conducir. Baja muy poco de la unidad, la mayoría sólo por escalas sanitarias, pero ahí encuentra el mayor riesgo en cuanto a problemáticas de la salud.

“Creo que tanto tiempo sentado es lo que más puede afectar, pero hay que hacerlo. Si más adelante llegara una oportunidad de cambiar de trabajo, tal vez tendría tiempo de entrarle al ejercicio y tratar de cuidarme más, pero por ahora hay que seguir en lo que estamos, no hay de otra”, concluye.

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