Los jóvenes bromean entre ellos. La mayoría no pasa de los 20 años de edad, entre ellos Benjamín, que viene desde Amealco a vender motocicletas de juguete hechas con materiales reciclados, artesanías que aprendió a hacer de su padre, aunque para ello deba sortear clima, calles y de vez en cuando a los inspectores municipales, aunque en esta época, con los turistas, le va bien.

Benjamín Ventura Miranda, de 17 años, tiene su canasta con las motocicletas hechas de materiales reciclados frente a él. Su esposa, María Isabel Pérez Esquivel, tiene su canasta con muñecas. Benjamín viste jeans, camisa color vino y en la cabeza una gorra. Ella, la ropa típica de las mujeres indígenas de Amealco.

Benjamín explica que las artesanías las aprendió a hacer en su comunidad natal, San Ildefonso, usando su imaginación y partes que ya no se usaban, oficio que aprendió de su progenitor. Aunque confiesa que tiene poco que aprendió a hacer las motocicletas, la calidad del trabajo es notoria, pues con diferentes piezas, como unos viejos platinos, detalla el motor del vehículo de dos ruedas.

Mucha de la mercancía que ofrece está hecha por él, aunque otra parte la hace su padre, que permanece en San Ildefonso, haciendo más productos para vender. Benjamín también está acompañado por otra pareja de jóvenes amealcenses que llevan consigo canastas con más motos y muñecas, además de bicicletas a escala que van a comprar a Toluca, Estado de México, para luego vender en Querétaro.

Los turistas que recorren las calles queretanas en estos días de asueto se detienen a ver los artículos que los jóvenes ofrecen. Preguntan cuánto cuestan, los toman, los ven y deciden comprarlos. Otros más sólo observan y se retiran.

Benjamín señala que en temporada baja viene sólo los fines de semana a vender sus artesanías, pero en estos días de asueto suele quedarse hasta una semana en la ciudad, “pues en vacaciones nos va muy bien, compran los turistas y visitantes”.

Apunta que los insumos para la elaboración de los productos los consigue en ferreterías y otros lugares. Comenta que en hacer una moto se puede tardar hasta un día, aunque eso también depende del esmero y empeño que le ponga al trabajo. Precisa que tienen una muestra de modelo y de ahí se “agarran” para sacar las demás. Posteriormente usa soldadura para unir las piezas y dar forma a la moto.

Dejó la escuela hace dos años, terminando sólo la secundaria. Confiesa que a veces se arrepiente de no haber continuado sus estudios, pero debía trabajar y ganarse la vida.

Apunta que tiene poco tiempo dedicado a las ventas, pues en San Ildefonso trabajó en la extracción de sillar, una de las actividades económicas representativas de Amealco. Aunque dice que ganaba bien, era una actividad más pesada, pues tenía que cortar los bloques, despegarlos de la tierra con un pico y luego darle la forma de manera más fina, para que quedara un bloque perfecto.

Añade que en Amealco las oportunidades de trabajo no son abundantes, pero las hay, en medida propiciadas por las autoridades, que a veces se olvidan de ese rubro. Indica que para comer compran algo entre todos en alguno de los mercados de la capital y para dormir se quedan en el albergue municipal de la calle de Guerrero, donde les cobran 10 pesos la noche. “Aquí, cuando no es temporada, estamos desde el viernes y nos vamos los lunes, venimos cada ocho días. Cuando son vacaciones nos quedamos más tiempo, porque si se vende un poco más. Nos regresamos hasta el otro lunes”, abunda.

María Isabel le ayuda a vender las motos, pues a ella ya se le acabaron las muñecas. Benjamín dice que conocidos de él vienen seis personas, incluida su tía, y algunos vecinos que llegan poco a poco hasta la sombra del árbol ubicado a un lado del templo de San Francisco.

Comparte que cuando regresa a su pueblo dedica en ocasiones un día para descansar, y otras comienza a hacer los productos que venderá al siguiente fin de semana, al tiempo que piensa en su futuro, como el hecho de ser padre y tener cuatro hijos.

En San Ildefonso vive con su familia y los gastos se cubren con la venta de las artesanías. “Aquí no hay horario. A veces salimos tarde, a veces más temprano. Luego descansamos a eso de las tres. Estamos también en el centro artesanal de la calle de Allende. Después salimos a la calle y de ahí hasta las 10, 11 de la noche, cuando muy tarde”, asevera.

Precisa que apenas el domingo llegó con más mercancía, luego de que se le acabara la que tenía, esperando tener una buena semana para terminar las motos que trae y obtener dinero.

El grupo de jóvenes artesanos marcha hacia Plaza de Armas. Los inspectores municipales caminan despacio por el andador 5 de Mayo. Uno de ellos, con lentes oscuros y playera azul marino, los vigila con la mirada, mientras que el mayor, intercambia opiniones con una vendedora de mayor edad.

Benjamín y su compañeros se instalan a un lado de la sede del Sistema Estatal para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), donde una muñeca de gran tamaño, como las que vende María Isabel, decora la entrada y sirve para que los turistas se tomen fotos y como orgullo de los orígenes indígenas del estado.

Hasta ahí llegan nuevamente inspectores, quienes vuelven a decir a los jóvenes que no pueden estar aquí, que se marchen. Sin decir nada, Benjamín y sus compañeros se van. Deben buscar clientes para sus productos en las calles.

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