La plaza principal luce vacía. El viento levanta polvo entre las bancas y agita las cintas que aún cuelgan de la fachada ennegrecida de la delegación. En Ixtapa, comunidad del municipio de Puerto Vallarta, el silencio se instaló desde aquel 22 de febrero de 2026, el día en que todo ocurrió.
Ese domingo, tras el operativo federal en el que fue abatido Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, la violencia se extendió por distintos puntos del municipio. En la delegación de Ixtapa, sujetos armados y encapuchados incendiaron la casa del delegado municipal, una sucursal del Banco del Bienestar y las oficinas de Correos de México. También fueron saqueadas y quemadas una farmacia y varias tiendas de conveniencia.
“Todo pasó ese día”, resume un habitante que pide el anonimato por seguridad. “Aquí siempre había sido tranquilo, de gente del campo o que trabaja en los hoteles. Pero el domingo se alocó la cosa. Desde entonces ya nada es igual”.
Los vecinos narran que durante los saqueos y los incendios, una trabajadora de farmacia se encontraba dentro con su hijo pequeño. “Cuando entró la policía la agarraron, la querían detener. Ella estaba asustada, con el niño en brazos. Fue confusión y miedo por todos lados”, cuenta una mujer que presenció la escena.
Ese mismo domingo, en medio del caos, un hombre que se dirigía a un funeral en la comunidad de Las Varas vivió otro episodio de tensión. “Íbamos a un funeral con mi hijo pequeño cuando una camioneta de la policía estatal nos apuntó con el rifle”, relata. “Le pregunté qué estaba pasando y me dijo que me callara o me iba a llevar la chingada. Fue ese mismo día, en pleno desorden”. Su voz se quiebra al recordarlo. “Ya uno le tiene más miedo a la policía que a los vagos”.
A siete días de la jornada violenta, Ixtapa parece un pueblo fantasma. Comercios abren a medias; otros no han levantado la cortina desde entonces. “Ese día nos amenazaron para que no saliéramos ni grabáramos nada”, dice otro vecino. “Se siente miedo porque no sabe uno qué le pueda suceder. Puede ser que estemos aquí platicando y pase alguien y nos mate”.
Aunque se anunció la llegada de fuerzas federales, los habitantes aseguran que no se percibe un reforzamiento visible en las calles. Las patrullas aparecen de forma esporádica y la sensación de abandono persiste.
Las paredes calcinadas del banco, del correo y de la delegación municipal permanecen como testigos de aquel domingo que cambió la rutina de esta comunidad. Desde entonces, las puertas se cierran temprano y las conversaciones se dan en voz baja. En Ixtapa, el tiempo parece haberse detenido el día en que el fuego y el miedo llegaron sin aviso.