Los futbolistas se adueñan del terreno de juego. El balón rueda en el césped sintético de la cancha colocada frente a la entrada de la Alameda Hidalgo, como parte del ambiente mundialista que el municipio de Querétaro da a la ciudad en estos días.
Los jugadores, adolescentes que “se echan su cascarita” corren de un lado a otro tras el balón. En los muros de la cancha se reúnen los hinchas que ven la evolución del cotejo espontáneo.
La cancha recorre las diferentes delegaciones municipales y principales plazas de la capital queretana. Semanas atrás estuvo colocada en el jardín Guerrero, donde los jóvenes futbolistas hicieron uso de la misma con alegría.
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En su actual ubicación, en la Alameda, los aficionados tardaron en hacer suya la instalación. La veían más como algo decorativo, que no se podía tocar o usarla. Poco a poco se comprendió que era para usarse. Primero, un padre con una bebé que patea una pelota mientras es sostenida por su papá por abajo de los brazos.
Luego, grupos de adolescentes que juegan la cáscara bajo los rayos del sol y la radiación UV de la capital queretana.
Poco importa que no se tenga uniforme oficial para jugar. Basta con el uniforme de la secundaria o la preparatoria para saltar a la cancha y patear “la de gajos” durante unos minutos, y ponerle ambiente mundialista a la capital queretana.
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La sola presencia de la cancha, el césped (aunque sea sintético), y la sencilla emoción de correr detrás de un balón, son suficientes para “despertar al pambolero que se lleva dentro”.
Los mirones se convierten en directores técnicos, pues en cada mexicano hay un gran estratega que suele conocer la estrategia perfecta, el parado ideal del equipo, la alineación ideal, cómo jugar como nunca, para perder como siempre.