Miguel Breña afirma que la vida no lo trató como él quería y tras ser boxeador profesional y ganar buen dinero, el destino lo llevó al mercado de la colonia Casablanca, donde trabaja como franelero para ganar unos pocos pesos y así sostener a su familia.

Con una franela decolorada en la mano, el hombre, cuyo rostro refleja los golpes fuera y dentro del ring, camina de un lado a otro. La cara marcada por las arrugas se endurece, hace una pausa y dice que con fama y dinero la gente “se echa a perder”.

Explica que destacó en la escena boxística del centro del país, para posteriormente dar el salto a peleas internacionales, aunque nunca peleó por un campeonato del mundo.

Mientras recorre la plancha de cemento que forma el estacionamiento del mercado de la colonia Casablanca, mira de reojo a los niños que patean un balón en la cancha que también se ubica en ese lugar.

Padre de una niña de 12 años, pues dice que se casó a los 38 años, La Zorrita, como era su apodo pugilístico, recuerda que comenzó su carrera dentro de los encordados en 1971.

Narra que en sus inicios visitó Querétaro un promotor de Minatitlán, Veracruz. Junto con Héctor López, del Barrio de la Cruz, quien fue campeón nacional, aprovecharon para debutarlo de manera profesional y le fue bien, contra un boxeador que se llamaba Óscar Valdés, de Xalapa, Veracruz, a cuatro rounds.

“En mi debut me fue muy bien. Gané. Me dejaron la oreja de coliflor, pero gané”, señala mientras muestra sus orejas aplastadas y su nariz que también se aplasta cada vez que la golpea con las palmas de las manos.

Apunta que tuvo un accidente, “por andar en la faramalla me caí de cabeza y el boxeo, antes bendito sea Dios no quedé loco, pero si estuve un coma un buen tiempo”.

El retiro llegó en 1993, luego del accidente que tuvo, además de que ya tenía dinero y “me gustó más la vida alegre, pensando que podía regresar, pero cuando lo intenté, ya no fue lo mismo”.

Tras dejar los cuadriláteros encontró trabajo de escolta de un ingeniero, durante cinco años; para luego ser empleado de seguridad privada, trabajo que mantuvo durante cuatro años.

Esos años de empleos formales, donde cotizó al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), sirvieron para que tenga una pensión de mil 800 pesos mensuales, así como una casa del Infonavit, que será en el futuro para su hija.

Sus palabras salen de manera lenta de su boca, pero seguras, no duda en lo que dice, aunque parece reflexionar cada idea, cada pensamiento. “Ahorita soy lava carros y cuida coches, pero con las lluvias no hay lavadas, nada más estar pendiente. Uno ya conoce a los malandros, siempre estás al pendiente. Ves a alguien que viene con alguna mala intención y llamas a la policía para que te ayude o que le caminan de aquí”.

Miguel indica que no se queja, que con su trabajo, de lunes a sábado, “al menos sale para la chuleta”, ríe.

Un mecánico, vecino del mercado de la Casablanca, lo saluda a lo lejos por su apodo. Grita “Adiós, Zorrita”, y Miguel, sonríe y levanta la mano derecha.

El hombre se acerca intercambian saludos y opiniones sobre la falta de apoyos a los deportistas queretanos y la falta de espacios públicos donde los niños y jóvenes puedan desarrollar un deporte bajo la asesoría de un entrenador profesional, que los pueda dirigir por un buen camino, pensando en el profesionalismo.

Asegura, sin dudarlo, que no cambiaría nada de su vida, quizá alguna amistad que no le dejó nada bueno, pues los vicios están a la vuelta de la esquina en al vida de los deportistas, que se juntan con las malas compañías.

“Tienes dinero. El deporte te prohíbe muchas cosas. Entonces cuando ya has triunfado, cuando ya tienen con qué, cuando dices ‘ya me la rifé’ ahora a gozar, es cuando viene lo peor”, apunta Miguel.

Dice que el error que cometen muchos deportistas es creer que cuando ya triunfaron y son alguien pueden hacer lo que quieran, pero es un error terrible, pues no se tiene la sabiduría para entender que nada es eterno.

Coloca sus brazos por detrás de su espalda, mientras toma con su mano derecha su muñeca izquierda. Su mirada observa hacia la fonda donde llegan los elementos de la Policía Federal y Municipal a comer algo a mediodía.

Mientras, otros dos franeleros lo observan desde los lejos. Sus cinco sentidos no están con ellos. Se mueven lentamente, arrastran los pies y se tambalean.

La Zorrita observa a los niños que minutos antes pateaban un balón. Ahora descansan sentados en el suelo, luego de más de 40 minutos de correr tras el esférico. Afirma que le gustaría tener la oportunidad de entrenar a menores en el llamado arte de la defensa personal.

Añade que en Querétaro no se toma en cuenta a los viejos deportistas, para que enseñen a las nuevas generaciones el deporte de tradición en los barrios bravos de todo el país.

“He tenido amistades que me piden que entrene a sus hijos. Que los niños le peguen al costal, en lugar de pegarle a sus hermanitos. El boxeo es un arte muy hermoso”, asevera.

Miguel se retira. Avanza hacia donde están sus compañeros franeleros sentados en una jardinera. Su andar lento no está acompañado de las luces, como las arenas que pisó en el pasado. Esos tiempos quedaron atrás.

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