Detrás de unas puertas de madera en la calle Cuauhtémoc número 50, se encuentran algunas de las viviendas más viejas y conservadas del Centro Histórico. Una vecindad anónima se ubica a unos metros de la Antigua Estación del Ferrocarril, cuya construcción data de inicios del siglo XX.

Según el actual administrador, José García, la puerta de entrada tiene alrededor de 100 años y se mantiene abierta desde las ocho de la mañana hasta las diez de la noche. El piso de cantera y las paredes frontales de ladrillo están cubiertas de pintura roja y naranja brillante.

Al igual que algunas vecindades populares escenificadas en las películas mexicanas, en la entrada hay un altar dedicado a la Virgen de Guadalupe. Un mantel repleto de nochebuenas y arreglos florales indican que estamos en época navideña.

A través de un largo pasillo se ven casas de todos los colores: verde, amarillo, rojo, naranja, azul y marrón, son parte de los coloridos que adornan los adoquines de cantera del piso.

“Esto lo hizo mi abuelo y se lo dejo a mi papá. Mi mamá es la dueña del lugar, pero yo lo administro totalmente. Son casas de adobe y antiguamente era una vecindad, pero con el paso del tiempo se ha transformado. La característica de una vecindad es que tenga los baños y los lavabos afuera, pero ahora están al interior de las casas”.

La historia de esta vecindad la escuchó de sus antecesores, los dueños de este lugar desde el año de 1930 aproximadamente, cuando los techos eran de teja y carrizo.

Las modificaciones que ha sufrido la vecindad, como el cambio en la construcción y remodelaciones en las habitaciones, han costado alrededor de un millón y medio de pesos en los últimos años.

El estilo de vida de sus habitantes también se ha transformado. Cuando José comenzó a administrar el lugar, hace 20 años, era típico encontrar a los niños jugando en los patios después de la escuela y a las mujeres platicando en los lavaderos.

Con este estilo de vida, los conflictos entre vecinos eran algo común en estas viviendas, en donde ha pasado gente de todo, “buena y mala; que mantiene las casas en buen estado, y otras que las dejan deplorables; personas que quieren pagar, otros que no lo hacen y algunos que se han peleado”.

Sin embargo, poco ha quedado de la imagen de un vecindario para familias numerosas y pobres; así como las discusiones y los chismes entre vecinas.

Lo mismo menciona Alejandro Mora, inquilino que lleva rentando una habitación desde hace dos años. Se mudó a la calle Cuauhtémoc tras separarse de su esposa, con quien vivía en una de las colonias aledañas.

“Estuve buscando en varios lugares, pero la verdad estaba muy feo. Me escucharé sangrón, pero hay que trabajar para estar en un lugar un poquito mejor. Estaba en otro cuarto en Ezequiel Montes y Mariano Escobedo, pero tenía que compartir el baño […] sólo duré dos días porque se crea un conflicto [al compartir un mismo espacio]. Cada quien tiene que buscar lo suyo”.

A diferencia de la imagen tradicional de las vecindades, en donde todos los inquilinos se conocen, Alejandro dice que durante toda su vida ha trabajado en un bar y no tiene conocimiento de qué tipo de personas viven aquí. Sólo conoce al administrador, José, que mantiene un poco la costumbre cobrando la renta puerta por puerta.

“Lo que se cuenta o se ve de las vecindades es que las mujeres se andan peleando o los niños, y los señores andan siempre tomando cerveza; pero eso no se da aquí. Este es un lugar muy tranquilo”, dice.

Aunque la imagen de barrio ha quedado atrás, las paredes de las viviendas son delgadas y, en ocasiones, se escucha un poco de todo.

Cuando Alejandro llegó a vivir a la calle Cuauhtémoc, una pareja recién llegada se la pasaba peleando, lo que provocó que en un par de ocasiones llegará la policía y el vecindario se enterara de sus problemas.

“Lo bueno es que a los tres días caminaron [pero] en cierta manera se crea esa situación, te vas dando cuenta de cosas de mucha gente, pero es como en todos lados. Sea o no sea vecindad, el mundo es muy chico y al igual, en la colonia donde vivía con mi ex mujer y mis hijos, sucedía lo mismo”.

“Es la idea que se tiene de los lugares, pero es lo mismo. Todo mundo hace sus desmadres y te enteras de lo que hacen todos. Es la idea de los vecindarios, de las épocas de las películas mexicanas […] pero es sólo la idea; porque yo pienso que son situaciones de cada quien y que las personas debe estar en lo suyo y atender sus propios problemas”, reitera.

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