Metrópoli

“Nos quedamos en la banqueta, ahí dormimos”

“Nos quedamos en la banqueta, ahí dormimos”
22/05/2016 |01:10
Redacción Querétaro
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Una camisa vieja es su instrumento de trabajo. El rojo es la señal. ¿Una limpiadita?, pregunta con la vocecita propia de un niño de 8 años de edad, aunque su complexión lo hace parecer de 6.

Su nombre es Carlos, dice que le gusta mucho ir a la escuela, pero por la chamba ahorita no puede asistir; además, está muy lejos de su casa.

“Vengo de Oaxaca”, dice tímido, no quiere hablar. Esconde la cabeza detrás de un árbol que está en el camellón de Avenida de las Torres, en la intersección con Prolongación Zaragoza.

Ahí —como desde hace un mes— llega a las 9 de la mañana, a veces con su papá, a veces solo y otras con Giovani, una amiguito de 6 años cuyo español no es tan claro. Su primera lengua es una indígena, aunque ninguno de los dos sabe explicar a qué comunidad pertenecen.

Ellos son parte de los 225 niños que las autoridades municipales estiman viven o trabajan en las calles de la capital del estado; una vida que está en riesgo cotidiano pues caminan entre coches, se suben a los cofres, están solos, nadie los vigila y muchas veces tienen que buscar qué comer.

Se acompañan en ese sitio hasta que llegan por ellos o les pega el hambre y van por algún alimento; frente a ellos está una tienda, a veces comen un sándwich o una sopa instantánea, los de la tienda les ayudan a calentarla en el horno de microondas.

Carlos es el mayor. Quien los viera pensaría que son hermanos o primos (se parecen mucho físicamente) pero no, sólo son amigos. Giovani no habla mucho, solo juega, como cualquier niño de su edad lo haría; pero sus juguetes son el trapo que mete y saca del bote —que está lleno de agua con jabón— el mismo que usa para limpiar los parabrisas de los coches.

Entre jugueteos y timidez, Carlos platica que desde hace un mes llegó a esta ciudad con su papá y otras personas; cada cierto tiempo salen de Oaxaca para trabajar en otras ciudades, esta vez el hogar temporal es Querétaro.

“Aquí me quedo un rato, me dejan en la mañana y ya luego vienen por mí. Me dejan con él —dice mientras hace un ademán con la cabeza hacia Giovani— pero nomás somos amigos, llegué con mi papá, pero ya casi nos vamos de aquí, de la ciudad”, señala.

En “su lugar de trabajo” tienen junto a una palmerita el bote con agua, una silla de plástico infantil, la camisa vieja que usa para limpiar los coches y una sábana con la que también limpian o a veces la usan para hacer sombrita.

También tienen unas botellas de agua que la gente que pasa les regala. Carlos no tiene noción de que lo que vive no es normal, no sabe que su derecho como niño es tener un hogar, ir a la escuela, estar bien alimentado y sobre todo ser protegido y recibir amor.

Para él, es normal tener que estar en la calle todos los días, trabajando, a su corta edad ya sabe que para ganar dinero —y para comer— tiene que dar un servicio a cambio, la misión en su vida se parece un tanto a la de un adulto: trabajar para vivir.

Dice que tiene hermanos y hermanas, no dice cuántos, es difícil que hable; en ratos entra en confianza: que la gente no le quiere dar dinero, que le sube el vidrio de los coches, que a veces ni lo voltean a ver, que hay otros que le llevan comida, pero a veces no, de cómo una vez casi se cae por andar trepado en el cofre de una camioneta, pero son gajes del oficio.

“Les limpio el vidrio o les limpiamos el coche, casi siempre les limpiamos el coche porque luego ni alcanzamos hasta el vidrio […] Sí, sí me gusta estar aquí, está bonito, luego la gente te regala cosas, pero luego sí nos da hambre”, señala.

“Mi papá viene por mí y ya de aquí nos vamos para allá atrás, ahí nos dormimos, nos quedamos en la banqueta o luego nos vamos a una casa en donde hay muchas camas, nos bañamos y comemos bien rico”. Carlos señala duermen en la parte posterior de una farmacia que está en Avenida de Las Torres, otras noches alcanzan lugar en el albergue del Centro Histórico.

Él, junto con su padre y los padres de Giovani, salieron de Oaxaca en un autobús, llegaron a Querétaro y desde entonces todos, cada quien por su parte, trabajan para ganar dinero. Es un viaje que hacen periódicamente, siempre ha sido así, así lo recuerda Carlos.

En Oaxaca va a la escuela, está en segundo, pero se ausenta por muchos días por los viajes que tiene que hacer con su papá; dice que allá no puede trabajar, no tienen dinero. Allá le ayuda a su papá a recoger frijol, darle de comer a los chivos y desgranar maíz.

Al preguntar por su mamá, no dice mucho, sólo que van a regresar para ir a buscarla. Se quedarán en Oaxaca otro rato y después viajarán a otra ciudad para hacer lo mismo en otro crucero, con más edad, con más estatura, tal vez en esa ocasión ya alcance el parabrisas, tal vez ya no será necesario que regrese y pueda quedarse a estudiar.

Tampoco sabe qué quisiera ser de grande, no sabe lo que hace un abogado o un veterinario, sí lo que hace un maestro o un doctor, pero pocas veces le dicen que para llegar ahí tiene que estudiar.

De Giovani se sabe mucho menos, al querer hablar con él, refiere frases en lengua indígena que no sabemos traducir, se protege en Carlos, por la pena sólo agacha la cabeza, se sienta con las piernas cruzadas sobre el pasto del camellón y juega con el trapo en la cubeta con agua.

“Yo vengo con él”, y señala a Carlos; se muerde los labios y dice que ya pronto va a regresar. “Sí me gusta estar aquí pero mi mamá dice que ya casi nos vamos, nos vamos a regresar con mi hermanita”, expresa.

“Mi mamá está allá”, refiere mientras señala con su dedo en dirección al Seguro Social. “Allá vende también. Sí me gusta mi trabajo”, afirma mientras deja el trapo en la cubeta y se esconde bajo la sábana que les hace de sombra, “Aquí jugamos ¿verdad?”, le pregunta a Carlos, quien sólo le sonríe.

Dice otras cosas en su lengua natal y luego corren para alcanzar los coches, el primero les dice que no, el de al lado les habla. Carlos limpia con la camisa echa bolas el cofre y las puertas; Giovani, el medallón y la defensa. Les dan cinco pesos, Carlos los guarda y acuerdan que al final del día se van a repartir las ganancias.

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