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Una vida agobiante por las prisas, por la habitualidad de nuestra vida, recurre a lo presuroso, a lo instantáneo, a la rapidez y por su puesto a la inmediatez.
Es entonces cuando los procesos de producción artesanales se abruman ante la innovación que reduce el tiempo de espera; es entonces cuando las necesidades apremiantes requieren de facilitar situaciones de nuestra cotidianeidad.
El uso de los molinos es cada vez menor, difícilmente quien se dedique al hogar —o a procurar los alimentos— se ocupa de moler chile o maíz de una manera ancestral; quien recurre al molino suele ser quien desde su infancia creció con la costumbre de hacerlo de esta forma, suele ser quien aún toma el tiempo requerido para hacer sus propias tortillas, para pulverizar los granos de maíz o para desintegrar el chile del mole. La elaboración de tamales también acapara los molinos, pero para ello ya se contempla una alternativa: la harina preparada.
Encontrar un molino en la ciudad resulta cada vez menos frecuente. Suele haberlos, pero no en las calles de la metrópoli, escasamente en los mercados, donde antes se refería la existencia de alguno y ahora han ido desapareciendo.
Pese a lo anterior, escasos pero existentes, aún se cuentan molinos en la capital: colonias populares como Lomas de Casa Blanca, Presidentes o Reforma Agraria es donde todavía sobrevive la tradición.
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