Hace 53 años se realizó la primera Procesión del Silencio organizada por el personal del templo de La Cruz, en Querétaro. Aquella ocasión sólo participaron entre 30 y 50 personas, y el recorrido se realizó en el atrio de la iglesia. Sin embargo, a pesar de la poca afluencia que se registró en 1966, hoy la Procesión del Silencio es uno de los eventos religiosos con más afluencia en la ciudad, pues además de los miles de espectadores que salen a las calles principales del Centro Histórico, en la procesión participan más de mil 500 personas.

Este año se realizó la edición 53 de la Procesión del Silencio, y como es costumbre, los penitentes partieron del templo de La Cruz y avanzaron sobre las calles Felipe Luna, 5 de Mayo, Pasteur, Reforma, Juárez, Ángela Peralta, Corregidora e Independencia.

Desde varias horas antes, cientos de personas y turistas se preparan para ver la procesión, algunos se esmeran por llegar temprano y obtener los mejores lugares; algunos incluso usan sillas plegables o banquitos para ver el evento con mayor comodidad.

A lo lejos suenan los tambores, los primeros en aparecer son los niños vestidos de ángeles, les siguen las mujeres dolientes vestidas con velos y túnicas de colores, representando a los personajes bíblicos como María y María Magdalena; algunas llevan en sus manos signos de la crucifixión como clavos y la corona de espinas. Después avanzan las distintas hermandades, cada grupo vestido con colores distintos; blanco, morado, rojo, negro, verde, gris, vino, guinda y azul.

En total participan 24 hermandades de penitencia: Heraldos, Ángeles, Insignias, Niños del Catecismo, Señor de la Columna, Señor Nazareno, Señor de la Cañita, Señor de Esquipulas, Virgen de los Dolores, San Juan, La Piedad, Señor del Santo Entierro, La Santa Cruz, Peregrinos, obreros y mujeres de Soriano a Colón, Cristo de la Paz, Nuestra Señora de la Soledad, La Macarena, El Señor del Gran Poder, El Señor de la Expiación, Guadalupanas, Guadalupanos, Nuestra Señora de los Dolores, Nuestro Señor de la Piedad, y Nuestra Señora de la Soledad del Silencio. Todas las hermandades se integraron a la Procesión del Silencio a lo largo de los años, pues en un inicio sólo participaron entre tres y cuatro de éstas hermandades.

Cada una lleva a cuestas una imagen religiosa. Los hombres van descalzos y con cadenas amarradas a los tobillos. También cargan cruces en sus hombros como símbolo de sacrificio y penitencia.

Las cruces de madera son uno de los aspectos más llamativos de esta procesión, junto con el traje compuesto por la túnica y el capirote. Son más de 450 cruces hechas con mezquite, algunas más pesadas que otras, llegan a pesar hasta 90 kilos.

En palabras de varios de los participantes, lo más difícil de llevar a cuestas una de estas cruces no es el peso, sino la forma, pues todas conservan la estructura original del mezquite.

Pero avanzan descalzos, con cadenas en los tobillos y una cruz de madera en los hombros, no es lo único doloroso en el recorrido. En algunas ocasiones el cansancio de algunos hombres en la marcha es evidente, algunos se tambalean, parece que van a desmayarse, son auxiliados por personal de apoyo, les ofrecen agua y trocitos de naranja, algunos les dan bolsas de hielo. Los marchantes buscan la mejor forma de cargar la cruz, algunos la cambian de hombro para aminorar el dolor. Se detienen un momento, toman aire y prosiguen.

Para otros la dificultad está en los pies, las cadenas que llevan atadas a los tobillos se atoran en las aberturas del piso de cantera debido al mal estado de las vialidades, lo que frena su paso súbitamente. Las personas que se dan cuenta corren a auxiliarlos, también levantan piedras, tornillos, clavos o cualquier otro objeto diminuto que pueda clavarse en los pies.

Durante todo el recorrido, los asistentes guardan un silencio casi sepulcral, sólo se escuchan los tambores y el sonido de las cadenas, toman fotos y graban videos con sus teléfonos.

Hay personas como Juvencio Hernández que ha pasado toda su vida en el barrio de La Cruz, recuerda la Procesión del Silencio como un acto mucho más pequeño y con más fervor.

“Tenía muchas cosas distintas, ya no noto tanto fervor como antes, antes las personas se lo tomaban muy en serio, arreglaban las calles, guardaban total silencio. Ahora ya se ha convertido en un espectáculo para turistas, la gente se atraviesa en medio de la procesión, habla, platica. Antes se tenía mucho respeto a las imágenes religiosas y también a los participantes porque era gente del barrio, todos nos conocíamos”.

“Aunque ha crecido en número de participantes y el recorrido es más grande, también creo que se ha perdido la devoción. Hay zonas por donde pasa la procesión que se han convertido en un verdadero mercado, por las vendimias, la basura, el ruido”, comenta.

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