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José Mauricio muestra clase

17/02/2014
12:08
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Ignacio Sánchez Mejías es un caso muy especial en la historia de la tauromaquia. Gran torero, valeroso hasta la temeridad, literato y promotor cultural, al grado de que Rafael Alberti dice en La arboleda perdida: “Sánchez Mejías inventó, literalmente, a nuestra generación poética (la generación del 27, en la que estaban, además del propio Alberti, entre otros, García Lorca, Pedro Salinas, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Jorge Guillén…), porque nos pagaba viajes, tertulias y necesidades primarias para quien no tenía dinero”.

Se dice que García Lorca no estrenaba una obra de teatro si antes no la había leído Sánchez Mejías, tal era su talento literario. Él mismo escribió y estrenó una obra de teatro admirable “Sin razón”, psicológica y muy freudiana. “Me pasé un año de mi vida sólo leyendo a Freud”, escribió en el prólogo.

Como torero era altivo y de un gran orgullo. Rivalizó en el antiguo toreo de la Condesa con Gaona y lograron tardes inolvidables, según nos cuenta Verduguillo, director de “EL UNIVERSAL taurino”, la mejor revista de toros que se ha hecho en México.

Para algunos, Sánchez Mejías resultaba de una vanidad insufrible. Cuenta también “EL UNIVERSAL taurino” que cuando, en 1922, venía en el barco que lo traía a México, leyó en un periódico que Gaona, gran ídolo de la afición, decía que él fue mejor que José Gómez Ortega Gallito. Llegando a México reunió a los periodistas de la fuente taurina y les dijo: “Yo soy mejor que Gaona y no he sido sino el banderillero de Joselito”.

Al debutar en México, brindó su primer toro a la peña de Gaona. Se llevó al toro a ese tendido y cortó las dos orejas. Gaona no se dejó y replicó con otra gran faena. Incluso, en una ocasión, cuando un toro que estaba a punto de prender a Gaona, Sánchez Mejías metió su capote salvador y evitó la cornada. Gaona se le paró enfrente y le dijo en voz alta: “De ti no quiero nada. Prefiero que me cuerne un toro a que tú me salves”.

A Sánchez Mejías lo mató un toro la tarde del 11 de agosto de 1934, en Manzanares. Por cierto, en la maravillosa elegía que escribió García Lorca de esa muerte, nunca menciona el nombre del toro.

Jacobo Zabludovsky me hizo notar el por qué: el toro se llamaba Granadino y, como sabemos, García Lorca era de Granada. Estupenda deducción. Pero en fin, aquella aciaga tarde en Manzanares lo acompañó en la pequeña enfermería de la plaza —sin el instrumental necesario para operarlo— el gran amigo de Ignacio, el escritor José Bergamín, quien cuenta que le daba ánimos para que aguantara el dolor y esperara la ambulancia que llegaría de Madrid a rescatarlo. Lo curioso es que por una pequeña ventana de la enfermería, se acercaba a cada momento un campesino a preguntar en voz alta: “¿Ya se murió?”, lo que seguramente escuchaba el propio Sánchez Mejías. Y así termina el comentario de Bergamín: “Y nos parece hoy estar viendo aún, al evocarlo, en aquel interrogante rostro campesino que, asomado al ventanuco de la enfermería, preguntaba impaciente: ‘¿Se ha muerto ya?’”

JOSE MAURICIO: LA CLASE

Los toreros que más rabos han cortado en la Plaza México son Rafael Rodríguez, Fermín Rivera y Antonio Velázquez. Sin embargo, cuando al final de una temporada de los años cincuenta, particularmente exitosa para Rodríguez, el empresario Alfonso Gaona quiso ponerlo en un mano a mano, con el torero que él eligiera, éste declaró, con gran honestidad, a la prensa: “Con cualquiera menos con Calesero porque es capaz de borrar con una pincelada todos los rabos que he cortado”. Por algo Calesero sólo cortó una oreja en sus numerosas actuaciones en la Plaza México.

Algo parecido vivimos ayer —con una tarde soleada y apacible, pero, oh Dios, con casi cuatro horas de corrida— después de ver dos faenas muy aplaudidas de orejas: la de Juan José Padilla y la de José Mauricio. ¡Qué clase tan excepcional tiene José Mauricio! Quizás, es el de mayor clase de nuestra actual baraja de nuevos —y magníficos— toreros jóvenes. Con un toro bronco y que siempre llevó la cabeza alta —llamado Costurero— toreó de capa estupendamente, hizo un gran quite por gaoneras y remató con un manguerazo de Villalta que hubiera avalado el propio Calesero, que los daba como nadie. Luego, ante un toro muy difícil, dio una serie de derechazos admirables, siempre erguido, pero sobre todo de naturales. Demostró que tiene gran clase y valor: complicada combinación.

Pero apunté un par de trincherazos dibujados y una dosantina como para un cartel. Mató de un estoconazo y, decíamos, cortó una oreja.

PADILLA: GRAN BOXEADOR

Es admirable cómo se ha repuesto Juan José Padilla de la cornada espeluznante que lo privó de un ojo. Pero sigue actuando y, sin remedio, hay que juzgarlo como torero. Cuánto nos recordó, en efecto, al mencionado Rafael Rodríguez: también éste, más que torear, salía a pelear con el toro. Así, a Padilla, al intentar dar un afarolado de rodillas, le propinaron un tremendo uppercut que le partió la barbilla, pero él contestó con varios jabs y un par de ganchos al hígado que derrotaron al mejor toro de La Soledad. Por momentos, parecía que ese toro lo tenía contra las cuerdas, pero él siempre respondió, si era necesario, con un clinch cuerpo a cuerpo. Al final le propinó al toro tremendo sopapo con un estoconazo y le levantaron la mano, regalándole una oreja de su noqueado enemigo —que era de una bravura y nobleza antológicas.

FABIÁN BARBA, BUEN ESTOQUEADOR

Fabián Barba es un buen torero, especialmente técnico aunque un tanto más cuanto frío y sin personalidad. Es difícil que llegue a ser figura pero hace un gran esfuerzo de acuerdo a sus posibilidades. Realizó media faena a un toro complicado, siempre con la cabeza alta, pero le dio una gran estocada y, también, cortó una oreja.

Por lo demás, Alfredo Gutiérrez, buen torero, cargó con el peor lote e hizo su mejor esfuerzo.

Hay que señalar que el peón de brega y banderillero, Christian Sánchez, consiguió su salida al tercio numero sesenta por un muy buen par de banderillas. ¡Qué manera de adornar ese tercio!

Los toros de La Soledad —sangre de Coaxamalucan—-, bien presentados y con su dificultades, pero dejándose torear. Sobresalió el cuarto pero como, más que torearlo, Padilla peleó con él, no lució.