Río de Janeiro.— Hasta hace algunos días una peculiar construcción sobresalía en las orillas del Parque Olímpico en Río de Janeiro.
Las consignas sociales pintadas en las paredes de una vieja casa contrastaban con lo moderno de las instalaciones en las que el gobierno anfitrión invirtió millones de reales.
“La memoria no se borra, no vamos a desistir”, “No todos tienen precio” y “Mi casa fue hecha para vivir, no para negociar”, eran algunas de las leyendas que se podían leer en el lugar.
La casa pronto atrajo las miradas de decenas de visitantes y medios de comunicación, que tomaron fotos y videos del lugar. Nada bueno para las autoridades locales, que decidieron terminar con la pequeña construcción y mantener la imagen de prosperidad y fiesta que el país anfitrión pretende mostrar al menos las siguientes tres semanas.
El martes por la noche la casa ya no estaba ahí. En su lugar, sólo montones de tierra y algunos escombros, lo que causó sorpresa entre quienes pretendían visitarla.
Es la realidad que Río no quiere mostrar. La de la pobreza, la del desinterés de sus habitantes por los primeros Juegos Olímpicos en Sudamérica.
En plena crisis económica y social los cariocas no están especialmente felices por la celebración de la edición XXXI de la justa veraniega; se nota en las calles llenas de grafitis, en el ánimo apagado de la población.
Con la crisis económica y política son otras las prioridades que los brasileños tienen que resolver. Y la casa, era un fiel reflejo.
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