Yo era Jo March | Querétaro

Yo era Jo March

Araceli Ardón

En mis fantasías, como en las tuyas, mucho dinero llega a mis manos. Con esa riqueza compro libros clásicos para bibliotecas públicas.

La escena quedó grabada en mi mente: a las cuatro de la tarde, mi madre planchaba camisas de mi padre. Yo tendría diez años y mi hermano Juan Carlos ocho. Jugábamos provocando desorden. Mamá me pidió que leyera en voz alta el cuento De los Apeninos a los Andes, del italiano Edmondo di Amicis. El relato aparece en el libro Corazón, diario de un niño. No pude leer bien: un nudo apretaba mi garganta. Esas páginas contienen el más valioso aprendizaje de los valores humanos, han influido a muchas generaciones.

El protagonista, Marco, de trece años, es hijo de una mujer italiana que emigró a Argentina para servir a una familia rica.

Después de un año sin saber de ella, Marco emprendió la travesía de un mes en barco, y una vez en América recorrió las ciudades donde había vivido su madre, sin encontrarla: la familia se había mudado de Buenos Aires a Córdoba y de ahí a Tucumán. Comprendí que el mundo es grande y que los seres humanos van de un sitio a otro para ganar el pan.

Lloré por vez primera. Muchos cuentos, novelas y poemas me han estremecido, pero nunca como aquel viaje del niño que sufrió las penas más grandes: pobreza, hambre, incertidumbre, soledad, abandono. No te cuento el final.

Después, llegaron a mi vida las hermanas Meg, Jo, Beth y Amy March, de Mujercitas, novela de Louise May Alcott. Es el primer libro de una saga que tuvo un éxito inmediato. El telón de fondo es la Guerra Civil de Estados Unidos; se desarrolla en Concord, Massachusetts. Las traducciones no le hacen justicia, pero el libro se sostiene con fuerza propia y los diálogos expresan lo que tú sientes. Pocos personajes tienen la inteligencia de Jo, su fortaleza interior y la convicción para alcanzar sus metas. Es una adolescente de carácter fuerte, que habla con ironía y sarcasmo. Para escribir Mujercitas, Alcott tomó como modelo la novela El progreso del peregrino, de John Bunyan. Los títulos de los capítulos son alusiones directas a este libro de gran calado: El Valle de la Humillación, La Feria de las Vanidades. 

Matar un ruiseñor, de Harper Lee, acababa de salir de las prensas cuando yo era niña. La autora pasó más de veinte años asimilando un incidente ocurrido en su infancia, enmarcado en la injusticia que sufren los débiles, los ataques inhumanos, el prejuicio contra los negros y discapacitados. Esta obra echó gasolina al fuego que estalló en el movimiento de los derechos civiles de afrodescendientes. Su estigma estaba pintado sobre la piel, que les hacía inferiores en la escala social. Por más que estudiaran, seguirían siendo personas de segunda clase. Por más que se esforzaran, nunca tendrían acceso a posiciones de trabajo reservadas para los blancos. No había manera de escapar de esa jaula. Michael Jackson pasó por un tratamiento para aclarar su piel y de esa forma ser una estrella. Algún día, un cineasta creativo hará una buena película sobre este proceso simbólico. 

En mis fantasías, como en las tuyas, mucho dinero llega a mis manos. Con esa riqueza compro libros clásicos para bibliotecas públicas y los regalo por miles; sus argumentos llegan al teatro, a la música, y llegan a los últimos rincones, para cambiar vidas, como Jo March cambió la mía.

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