19 / septiembre / 2021 | 17:17 hrs.

Valores y antivalores

Ana Rincón Gallardo

El viernes pasado, platicaba con unos amigos acerca de los beneficios de la vida fuera del ámbito gubernamental, de las ventajas de vivir sin hacer cientos de memos inútiles, de comprar lo indispensable sin tardanza, de ser dueño absoluto de nuestro tiempo, equivocarse sin más consecuencias que las de vaciar nuestra cartera. Llegando así al punto del escrutinio público constante, a lo que uno de los presentes, un abogado extraordinario y con ética indubitable, respondió asegurando que jamás le importó tal cosa, toda vez que su comportamiento siempre ha sido intachable. La conducta ejemplar está a prueba de periodicazos, así de simple.

Esto me recordó lo sucedido en un reino lejano, gobernado por un presuntuoso califa que había llegado al poder criticando fuertemente la descomposición moral de sus adversarios, convirtiéndose así en el paladín de la transparencia y buen gobierno. Sin embargo, al sentarse en la silla traicionó a sus huestes, conformando su equipo con personas ya señaladas por su comportamiento corrupto y/o negligente. De tal suerte que, aun antes de jurar lealtad a su pueblo, su actuar era ya un fiel espejo de lo que antes criticaba.

Así, el califa se rodeó de pompa y se convirtió en un ser misterioso, omnipotente y omnipresente. Gobernaba por medio de un primer ministro, a quien tuvo que cambiar dos veces y quien generalmente cumplía la doble función de mantener al monarca alejado de las ingratas tareas administrativas, al tiempo que atraía sobre sí mismo las responsabilidades y cuentas que pudieran pedirse sobre la acción del gobierno, en un intento de mantener intacta la reputación del califa, jefe temporal y espiritual de la comunidad.

El califato era reconocido por la limpieza de sus calles, por eso cuando se anunció que se había decidido que el servicio de recolección de residuos sería concesionado —poniendo en riesgo el trabajo del personal de limpia—, los pobladores se enemistaron con su califa, pues sospechaban que algo turbio había atrás de esa concesión. Sin embargo, el gobernante no escuchó.

En unos meses, empezó a circular la foto de un cheque con varios ceros, a nombre de la madre de uno de sus ministros más cercanos. El cheque había sido expedido por la empresa beneficiada en la licitación de un servicio que el reino no necesitaba. Rápidamente, la imagen de la dádiva se reprodujo muchas veces, poniendo en evidencia la honorabilidad del personaje y la congruencia de los demás funcionarios del califa, quienes habían iniciado una cruzada contra la corrupción. El ministro pillado en falta habló a sus amigos pidiendo que no reprodujeran más la imagen por el bien de su familia, en un intento desesperado por salvar su reputación.

En tanto, el califato ya no era un lugar seguro: se inundaba todos los días, los impuestos que se pagaban eran estratosféricos y ahora amenazaban con poner parquímetros. El bufón de la Corte, en un intento de congraciarse con la ciudadanía, afirmó que él pugnaría por el derecho de las madres a amamantar a sus hijos. ¡Como si lo necesitaran!

Pero el califa culpa a sus detractores, como si esa fuera la solución a los graves problemas, siendo que los actos de los personajes del califato son deleznables: despidos injustos, gastos excesivos e irracionales, autoritarismo, nulo diálogo con la sociedad y una voracidad inconmensurable que vulnera severamente la economía de sus gobernados.

Pero el califa ya está maquinando una nueva guerra de poder…

Analista política

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