28 / septiembre / 2021 | 14:21 hrs.

Utopía democrática

Ana Rincón Gallardo

Doña Luisa era una mujer de avanzada edad, se había convertido en una acaparadora, tanto de cosas, como de las personas de su primer círculo. Hacía mucho que su economía estaba cuesta abajo, pero ella seguía gastando a manos llenas, como si de eso dependiera su vida. Tenía un ejército a su servicio: lavandera, recamarera, cocinera, chofer, jardinero y su nana. Todos vivían y medraban en su presupuesto y cuando alguien le preguntaba que para qué tenía tanto personal, ella aseguraba que era por comodidad, aunque en el fondo de su corazón les temía, pues sus trabajadores la conocían bien. Por ello los conservaba pese a que sus labores dejaban mucho que desear.

Su casa se caía ostensiblemente, así como todo lo que existía en ella. Lo que más preocupaba era el refrigerador, que había sido reparado muchas veces por amigos de sus trabajadores, cambiándole prácticamente todas sus piezas. Primero por las provenientes de la fábrica y luego por genéricos, sin resultados, por ello la comida se descomponía con regularidad, poniendo en riesgo la salud de todos. La gente de afuera estaba preocupada, pues percibían el rancio aroma a putrefacción, así como el ocaso de una mujer, fuerte en su momento, y que ahora estaba en franca decadencia.

En México, al igual que la anciana de la historia, el sistema movido por el miedo y la comodidad ha privilegiado a sus esbirros a fin de conservar el statu quo, al grado que sus funcionarios —nuestros empleados— se han apoderado de todo el quehacer del Estado, suplantándolo y gastándose miles de millones de pesos en la autoconservación de la especie gobernante. También las instituciones, creadas por ellos y para ellos, siguen sin funcionar, mientras los ciudadanos seguimos pagando las carísimas facturas.

Habrá quien piense ingenuamente que lo sucedido el domingo fue un triunfo de la oposición o una respuesta ante la sumisión del presidente Peña a la agenda gay impuesta desde la ONU. Lo cierto es que estas elecciones fueron un verdadero cochinero, donde brillaron por su ausencia las propuestas, donde hubo compra de votos y un derroche impúdico de recursos, legales e ilegales, actos de intimidación y falta de apego a la ley. Se presentaron candidatos manchados por sus nexos, ya con el narcotráfico, ya con la corrupción. Pero ninguno destacándose precisamente por su honradez o capacidad de gobernar. El triunfo, al parecer, está más ligado al tamaño de la chequera y a los padrinazgos, que al talento o el amor por México.

Ignoro cómo funcionarán los gobiernos de coalición, o qué principios enarbolarán Yunes o Joaquín, al fungir como gobernadores panistas, siendo que éstos han militado toda la vida en otros institutos políticos. ¿Quiénes serán los hombres de su círculo rojo? ¿Panistas, priístas, amigos de Anaya, miembros de mafias oscuras y delictivas o todos, en una megambrea que denigra a nuestra patria?

En esta elección queda de manifiesto la poca respuesta de la Fepade ante los ilícitos cometidos por todos los partidos, lo que genera una involución en el proceso de democratización de la vida republicana.

Me inquieta lo ocurrido con los candidatos independientes. Muchos de ellos con verdadero liderazgo y fuerza, pero fueron avasallados por las aplanadoras partidistas. ¿Dónde quedó la congruencia de los ciudadanos?

Los partidos demostraron que han aprendido y mejorado las peores prácticas del PRI, renunciando a sus valores e ideologías. ¡Que Dios nos agarre confesados!

Analista política. [email protected]

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